• Fecha

  • Contagios

  • Recuperados

  • Muertes

Hoy es martes 14 de julio de 2020 y son las 12:31 hs. Toda la información en Ruralidad, Ecología y Medio Ambiente, el mundo del trabajo . Las costumbres de nuestro pueblos de Argentina... Todo acá lo vas a encontrar...+54 9 385 591-0220

27 de febrero de 2017
Sirios y Libaneses en Santiago del Estero.
UNA CRÓNICA DE INMIGRANTES : Prof. Tasso Alberto

Los dibujos de la crónica menuda son más apropiados que el perfil abstracto del proceso inmigratorio para iniciar un relato sobre los árabes sirios y libaneses que convergieron sobre la mediterránea Santiago del Estero entre 1900 y 1930. Cierto es que había ya pobladores de ese origen desde 1883: Juan Farías, agricultor y molinero en la vieja Villa Loreto, esa que se llevó el desborde del río Dulce en 19081; Santiago Jorge Nassif en Icaño, el mismo que apenas venido tuvo participación en la Revolución del ´90 y que un tiempo después volvió al Líbano a buscar a su esposa y a su hijo2; Pedro Zain en la capital, que junto con su hermano Domingo regenteaba el almacén y tienda “La Amistad” en Tucumán casi esquina Pellegrini, frente al mercado Armonía, cuyo aviso a dos columnas aparece desde el primer número de El Liberal3. A estos tres pioneros cabría agregar otros cuyo recuerdo ha corrido la misma suerte que “las arenas que la vida se llevó”, según establece un tango célebre, antes que arrastrado por las aguas del río Dulce. Esos nombres podrían cifrar otras tantas historias particulares, no tan diferentes, no tan semejantes, a las de quienes acabamos de nombrar.
Un interesado en la dinámica de las migraciones, sea un investigador o un curioso –calidades que no tienen por qué ser consideradas enteramente diferentes- debe entenderse tarde o temprano con historias particulares, con pruebas y sufrimientos personalizados, con nombres de buques que permanecen en la memoria hasta el día de la muerte. Hablar de un “proceso migratorio” en general, es siempre una manera educada de escamotear al interlocutor el componente verdadero de tal migración, que son los sucesos personales.

Pues bien, tales historias comienzan a multiplicarse en Santiago después de 1900, según las referencias de la historia accesible. Sabemos que en 1908 aumenta la inmigración de sirios y libaneses al papis, al debilitarse el poder de la Puerta Imperial y al tornarse legal el camino hacia América; que entre 1914 y 1918 la guerra disminuirá este flujo4; y que nuevamente se acentuará entre 1919 y 1930, lapso en el cual se radicó en Santiago la mayor parte de la comunidad árabe.

Para entonces, esta comunidad era lo suficientemente grande como para atraer a otros connacionales, familiares o no de los ya establecidos5.

Santiago del Estero fue uno entre los varios puntos de concentración que ofreció el territorio; en 1914 el III Censo Nacional consignaba la presencia de 1,748 otomanos, que representaban algo más del 3% respecto de los 52.563 que para entonces se distribuían en once provincias y la Capital federal. Solamente esta última, más las provincias de Buenos Aires y Santa Fe, reunían el 80% de esa cifra; el restante 20% estaba radicado en Cuyo, el noroeste y el nordeste. Lo otomanos que vivían en Santiago ese año constituían el 0,7% de la población total; presumimos que, a pesar del aumento de la inmigración de ese origen en la siguiente década, hacia 1930 no llegaban a superar el 3% de la población provincial6.

Mi propósito en este artículo es describir cómo y dónde se instaló –física y económicamente- esa fracción de la población que a la fecha era el 18,6% del total de extranjeros; cómo se vieron a si mismos y cómo fueron vistos por los demás; y cómo fueron vistos por los demás; y cómo fueron poco a poco ganando espacio en la sociedad local.

Instalación

Puede llamarse período inicial o de instalación de los sirios y libaneses en Santiago, al caracterizado por la llegada de los pioneros, el inicio de la actividad económica bajo la forma predominante –pero en modo alguno exclusiva- de la venta ambulante, y la expansión por el interior de la provincia.

Dice Luis Assís: “Con toda seguridad, los primeros inmigrantes de origen árabe que hollaron el suelo santiagueño, fueron libaneses; es probable que lo hayan hecho alrededor del año 1884; se establecieron al principio en la ciudad capital y el viejo Loreto (...); desde allí fueron estableciéndose en las localidades y estaciones de la zona de influencia de los Ferrocarriles Central Córdoba y Central Argentino, hoy Manuel Belgrano y Bartolomé Mitre. En cambio, los árabes de origen sirio arribaron una década más tarde, o sea alrededor de 1895, estableciéndose en las localidades y estaciones de la zona de influencia del Ferrocarril Norte (hoy Manuel Belgrano); pero tanto ellos como los libaneses, después de haber recorrido de a pie, a lomo de mula o entrenes de carga (cuando hubo líneas férreas) hasta el último y más alejado rincón de nuestro territorio provincial, se establecieron en el paraje que más les convenía”.7 

Hacía 1914, no había un solo departamento en la provincia donde no viviese al menos un sirio o un libanés; sin embargo, en Mitre no había españoles ni italianos en Atamisqui, aunque esos inmigrantes eran, en ambos casos, más numerosos que los árabes. Estos prefirieron la residencia urbana: el 73,6% vivía entonces en localidades de 1.000 y más habitantes, tasa que es considerablemente más alta que la exhibida por otros grupos nacionales, y que la del conjunto de la población: sólo el 26,2% habitaba áreas urbanas.

Sus actividades, sin embargo, los llevaban permanentemente al campo y a los suburbios. La venta ambulante incluyó ramos diversos, desde ganado hasta telas, aunque prefirió estas últimas. Ejercida casi con exclusividad por sirios y libaneses, entre quienes predominaba la profesión de comerciantes respecto de otros inmigrantes, según los datos de Juan A. Alsina8, contribuyó a difundir pautas de consumo hasta entonces restringidas a los sectores medios y urbanos. La importación de una amplia gama de productos manufacturados se había hecho habitual en la Argentina desde fines de siglo, pero tales productos sólo se vendían en las grandes ciudades y su distribución se veía limitada por una red comercial aún pequeña y poco especializada. Los avisos publicitarios en la prensa de Santiago a comienzos de siglo muestran el carácter de la experiencia comercial que entonces se ensayaba: informar y mostrar para vender. No cabe duda de que algunos rubros –principalmente el textil- fueron activamente movilizados por la venta casa por casa que los árabes efectuaban. 

Uno de nuestros entrevistados, que fue vendedor ambulante en 1937 y 1938, ilustra con algunas precisiones el origen de la mercadería que llevaba: “Llevábamos telas rústicas, como el lienzo, telas para sábanas, el cotín para colchones o telas para mantel. El bramante era una tela durable que se usaba pasa ropa interior o para forro de almohada. Y también telas para ropas, como popelín, brin, nansú, percal o merino –que era para el luto- o seda de noche. De cada una llevábamos una pieza, o sea veinte yardas, que eran dieciocho metros con treinta. Prácticamente todo lo que llevábamos era importado. Los poplines, casimires o el bramante eran ingleses. Del bramante me acuerdo algunas marcas: “Cuatro coronas”, “Tres cañones” y “El angelito”. Los lienzos eran japoneses. Las telas de hilo eran de Irlanda. Las telas para pantalón de hombre, que podían ser gabardina, gambrón, casinete o brines, eran de Bélgica, de Italia o de Inglaterra”.

A causa de su propensión a la venta ambulante, el inmigrante árabe fue calificado en alguna de las memorias anuales de la Dirección Nacional de Migraciones, como poco provechoso de acuerdo con las necesidades del país: “La inmigración siria, exótica y poco útil a nuestro medio, pues la mayoría se compone de vendedores ambulantes, ha aumentado el año transcurrido en 1671 individuos”.9

En realidad, la actividad comercial de sirios y libaneses no era congruente con la ideología del proyecto inmigratorio argentino, pero si con las actividades hacia las que se orientaron inmigrantes de todo origen. Como señalaba agudamente Georg Simmel, en la historia el extranjero aparece siempre como comerciante, dado que “el comercio puede siempre emplear más personas que la producción primaria, y es por ello el campo de acción indicado para el extranjero, que penetra como supernumerario en un círculo en el que propiamente están ya ocupados todos los puestos económicos”10. 

La venta ambulante cubrió una etapa importante, pero desapareció rápidamente, reemplazada por la instalación de tiendas, almacenes de ramos generales o pequeñas industrias. En 1928 la Guía Assalam afirmaba que “el vendedor ambulante, el precursor de la grandeza de la colonia, ya casi no existe”. Entre 1917 y 1927-28, los comerciantes instalados en ciudades y pueblos crecen de 231 a 507; esa cifra expresa la parte más visible del comercio árabe registrada por una guía comercial, siendo el número real seguramente mayor. El incremento del 119% refleja no tanto inmigración nueva cuanto pasaje del estadio de ambulante al de comerciante instalado; la venta ambulante cumplió un papel importante en el período de adaptación o socialización de los inmigrantes, al permitirles familiarizarse con el dominio de a lengua, del territorio y de las costumbres de la clientela local, todos ellos elementos que habrían de ser ampliamente utilizados en la etapa siguiente. 

La instalación se efectuó en gran parte gracias a la solidaridad entre connacionales: los más antiguos ayudaban a los más recientes facilitándoles mercaderías en préstamo. La indudable habilidad comercial de trabajo –hoy definible como auto-explotación- así como una visible austeridad, permitieron resultados rápidos en la etapa de acumulación. Entre 1920 y 1940 la actividad comercial en áreas rurales derivó hacia la comercialización de “frutos del país” como entonces se los llamaba –alfalfa, lana, cueros o madera- o bien hacia la agricultura .muchas historias familiares de éxito económico corroboran esta evolución como típica.

Hacia 1942, un registro de operaciones inmobiliarias realizadas en Santiago del Estero muestra que árabes o hijos de árabes tomaron parte en el 17% de las transacciones, que representaban el 11,6% de los valores involucrados. Sobre 174 operaciones actuaron como vendedores en sólo 24 (en las restantes eran compradores y vendedores), lo que permite advertir que en ese período la acumulación realizada en otras actividades económicas se estaba transfiriendo hacia la inversión inmobiliaria.11

En las décadas siguientes, el análisis de las actividades de sirios y libaneses –o más exactamente, de sus descendientes- muestra una notable diversificación, así como el ingreso al comercio mayorista, la industria, la producción agropecuaria, la extracción y comercialización de productos forestales y las finanzas.

Reelaboración de identidad

Es a lo largo de este proceso de instalación donde puede advertirse la evolución y cambio de los términos que definen la identidad grupal de los inmigrantes. Importan, a este respecto, las definiciones étnicas que se usaron. Los censos nacionales de 1895 y 1914 calificaron a los inmigrantes como “turcos” y “otomanos” respectivamente. Ambas denominaciones involucraban principalmente a sirios y libaneses, y en menor medida a turcos y otras nacionalidades por entonces bajo el dominio del imperio otomano. La denominación genérica de “turcos” se popularizó en el habla cotidiana. Esta denominación, como fácilmente puede comprenderse, no era grata para los sirios y libaneses, que vinieron huyendo del dominio de los turcos –que no pertenecían a la familia árabe-; no se trataba sólo de la evidente imprecisión étnica y geográfica, sin especialmente del matiz despectivo –similar al de “gringo”, “tano” o “gallego”- que los nativos pusieron en la misma, como una típica reacción ante el extraño, por definición “diferente” o aún “exótico”. A este respecto, Hebe Clementi ha señalado distintos aspectos de la reacción “nacionalista” que acompañó al proceso de la gran inmigración12.

La reivindicación de los gentilicios “sirio”, “libanés” o del genérico “siriolibanés” bien puede verse como una extremada simplificación y aún como una convenida ignorancia –a menudo también genuina- de los códigos culturales de ambos pueblos. Por lo tanto debe distinguirse el contexto en el que estas expresiones son usadas. Al interior de la colectividad, se distingue habitualmente a sirios de libaneses, del mismo modo que en América se distingue lo argentino de lo peruano, o que en la Argentina se diferencia a lo porteño de lo santiagueño. Siriolibanés es la expresión que la comunidad árabe eligió para presentarse a la sociedad local. La prédica de Alejandro Schamún a través del diario Assalam para proporcionar imágenes verídicas de la todavía desconocida Siria, prosiguió en numerosas publicaciones que surgieron en Buenos Aires y en provincias en la década del ´30.

En Santiago, como en otras provincias, la colectividad revitalizó los lazos de solidaridad y hermandad. La Unión Muhardahiat o el Centro Hamauense –aludiendo respectivamente a nativos de Muhardi y Hama- preanunció en la década del ´20 la formación de la Sociedad Siriolibanesa. Cierto es que desde 1914 existía en Santiago la iglesia Católica Apostólica Ortodoxa de Antioquía, la segunda del continente, luego de la establecida en Chicago en 190413. Las actas de constitución de estos nucleamientos, así como sus memorias anuales, permiten comprender que una parte importante de su actuación estaba dirigida hacia la sociedad actual, hacia la cual emitían una imagen “apropiada” o deseable, desde el punto de vista de la propia colectividad.

Los sirios y libaneses sintieron duramente la descalificación de la sociedad local, según surge de los testimonios recogidos y aún de críticas hechas públicas en el semanario bilingüe La Aurora. Es posible que las huellas del prejuicio, aún no totalmente borradas, hayan fortalecido los proyectos personales de acumulación y logro que muchos miembros de la segunda y tercera generación muestran.

En las primeras décadas del siglo, algunos escritores locales tomaron el tema de los árabes. Uno de ellos, Napoleón Taboada14, se expresa negativamente acerca de la fusión cultural fácilmente previsible: “Una caudalosa confluencia de turco obstinado y de criolla desbordante... En aquella modesta familia se consumaba un empalme voluminoso, que no encauzaba una tercer resultante de fuerza, múltiple de capacidades, sino infartaba los cursos en una especie de voluminación incontinente, cuantiosa, tiroidea, un poco degenerativa pero profundamente definitriz”. El resultado de semejante mezcla no puede ser bueno: “Resultaba un entronque raro, como abortado de desalamiento, porque aunque se actuaba la convergencia atenazada de esas dos naturalezas actuantes, y la ensambladura trasfundida de los dos deseos animados y primarios, se veía que allí mismo cedían los empeños”. 

Bernardo Canal Feijóo15, en 1934, critica al árabe su extrema adaptabilidad, inclusive a los peores rasgos de la población local; su escasa afición a la agricultura; y aún su adopción de nombres y locales, que alcanza al 16.4% de los apellidos que integran las muestras utilizadas en este estudio, ejemplifican un caso –inusual entre otros grupos de inmigrantes- de mimetizarse a la sociedad local, y permiten presumir un deseo profundo de producir un corte radical con la vida pasada, deseo ese que si aparece en otros grupos.

Es recién después de los años ´50 cuando comienzan a generalizarse las biografías de inmigrantes asimilados –aunque ya en la década del ´20 se encuentran muestras, aunque éstas son parte de la ideología de exaltación del inmigrante- convertidos en profesionales destacados, en políticos carismáticos, en empresarios exitosos. La elaboración y difusión de estas imágenes hacia la sociedad local puede ser considerada una etapa final del ciclo de asimilación, en la que cada vez se van atenuando más los rasgos de la etnia original, pero en las cuales la colectividad “devuelve” una imagen de sí misma, concebida en términos tales que no pueda ser sino aceptada.

Apropiación social

El hecho de que el “barrio turco” en que el abogado y periodista Napoleón Taboada ambienta su relato, estuviese ubicado en un suburbio, ejemplifica una actitud mental de las clases altas santiagueñas antes que una constatación empírica. Pues el tal “barrio turco” estaba ya naciendo por entonces en el centro de la ciudad, sobre las calles Absalón Rojas y Salta, en la vecindad del Mercado Armonía. Cierto es también que la marginalidad urbanística establecida en la ficción representa los indudables deseos ocultos de la población local, que la experiencia de sirios y libaneses se encargó de desmentir. 

Por de pronto, participaron tempranamente en política. Recordemos el caso de Santiago Juan Nassif, que apenas venido se alineó en el bando de los revolucionarios de 1890, como adelanto de una actitud que se repetiría. Funcionarios en comunas locales, líderes en los nucleamientos de comerciantes y empresarios y hasta concejales. Es en los miembros de la primera generación en los que llama la atención esta participación temprana. Uno de los casos más notorios es el de Rosendo Allub, que realizó una carrera política local extensa, que finalmente lo llevó como diputado al parlamento nacional en la década del ´40. Pero simultáneamente había canalizado su indudable ascendencia sobre los “paisanos” vinculándolos a la participación política durante el gobierno de Juan B. Castro. Allub advirtió que las fortunas acumuladas por decenas de pequeños comerciantes, importantes desde el punto de vista de las comunidades locales en que se operaban, podían traducirse con beneficio en términos de influencia política. Sin embargo, esta conversión no hubiera podido producirse sin la particular relación que tales influyentes locales establecieron con su clientela. Bajo la forma que ha sido denominada “patronazgo”, sirios y libaneses habían establecido una compleja red de intercambios y alianzas, las cuales no eran ajenas al dominio de las reglas de la cultura rural local. Un ejemplo de la adaptación a esta última es el dominio de la lengua nativa local, el quichua, en la que los árabes descollaron tempranamente.

Ya en las décadas del ´40 y ´50 numerosos dirigentes políticos locales y profesionales provenientes de la segunda generación estaban presentes en las lides políticas, en los tribunales y en el gobierno. El ascenso de Eduardo Miguel a la primera magistratura provincial en los años ´60 equivale entones a la culminación de un proceso complejo y a menudo conflictivo, de conquista de posiciones relevantes. Un análisis efectuado en el marco de este estudio permitió constatar que en la actualidad y dentro de distintas esferas de la actividad pública, los descendientes de árabe participan en proporciones significativas, que oscilan entre el 10 y el 35% de quienes ocupan posiciones relevantes.Significativa en relación con el peso demográfico de la colectividad de sirios y libaneses en Santiago del Estero, esta participación amplia y diversificada constituye un caso particular de asimilación y logro, que aún ofrece vertientes no exploradas para el estudio y la comprensión, no sólo de la sociedad santiagueña sino también de la argentina.

 

Por : ALBERTO TASSO 



COMPARTIR:
Notas Relacionadas
HISTORIAS Y LEYENDAS
Campo Gallo  101 Años de Vida
HISTORIAS Y LEYENDAS
SEMBRADOR ARGENTINO
HISTORIAS Y LEYENDAS
El aviso del tero
Comentarios:

LA RADIO EN VIVO

 

Estamos escuchando

Argentina y su Musica

de 12.00 a 14.00

 

HOY ES

 
Martes 14 de Julio de 2020
 

DOLAR

 
COMPRA
VENTA
69.99
74.99

 

santiago del estero

15.4°C

Parcialmente soleado




GUIA TELEFONICA

 

Buscar en la banda
 

 


RadiosNet