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13 de julio de 2016
Moyano se va de la CGT, pero sin resignar protagonismo
SI ES DESUSADA ENTRE LA CLASE DIRIGENTE ARGENTINA EN GENERAL LA SALUDABLE PRÁCTICA DEL PASO AL COSTADO, MUCHO MÁS INFRECUENTE ES QUE ALGUNO DE LOS GRANDES BARONES DEL SINDICALISMO PERONISTA SE DESENTORNILLE DE SU POLTRONA Y RESIGNE VOLUNTARIAMENTE EL CONTROL DE LA ORGANIZACIÓN O DE LAS PLATAFORMAS CON LAS QUE ACUMULÓ PODER E INFLUENCIA.

Si es desusada entre la clase dirigente argentina en general la saludable práctica del paso al costado, mucho más infrecuente es que alguno de los grandes barones del sindicalismo peronista se destornille de su poltrona y resigne voluntariamente el control de la organización o de las plataformas con las que acumuló poder e influencia.

Por eso, adquiere una relevancia especial si el que da por terminado un ciclo es Hugo Moyano, que completó 12 años y monedas al frente de la Confederación General del Trabajo, convirtiéndose así en el dirigente con mayor tiempo como dueño de casa, -vaivenes institucionales mediante-, del edificio de la calle Azopardo, aún por encima de Saúl Ubaldini (1980-1992) y de Rodolfo Daer (1996-2004).

Pero el caso del camionero es mucho más que una singular cuestión estadística: el nombre de Moyano está inscripto entre los principales protagonistas del elenco más o menos estable de la escena política y social de la Argentina (ahora también la futbolística) de los últimos veinticinco años.

En ese lapso, se lo enaltezca o resista, Moyano, con sus rudimentos, fue demoliendo puntualmente en el terreno sindical a cada uno de los que podían discutirle la primacía por la representación más encumbrada de los intereses de los trabajadores; una performance que estuvo lejos de emular cada vez que buscó jugar de lleno a la política.

Cuando terminen mañana los fastos en su homenaje, el hombre que nació hace 72 años en La Plata y que de joven se radicó en Mar del Plata, padre de nueve hijos según Wikipedia, tal vez deje parte de su aura en la corona de jefe de la CGT, pero sólo un desprevenido podría suponer que el camionero vaya a jubilarse para gozar del tiempo libre en alguna de las casas (o empresas varias) que se le adjudican, o en el parque con los nietos.

De confesión evangélica, Moyano puso el pie en demasiadas quintas para un renunciamiento total de protagonismo: por lo pronto seguirá siendo el mandamás del gremio camionero -al que convirtió en uno de los tanques del mapa sindical-, amén de asegurarse que un apóstol suyo (el marítimo Juan Carlos Schmid) será uno de los referentes de la conducción compartida que tendrá la CGT a partir del 22 de agosto.

Pero lo que más estimula hoy a Moyano es la posibilidad de hacerse con los riendas de la maltrecha Asociación del Fútbol Argentino, por la que compite desde su correcta gestión como presidente de Independiente, un club al que objetivamente colocó en el camino del saneamiento económico, después de haberlo tomado en un estado real de devastación.

El fútbol, por mucho que lo ocupe, tampoco será un impedimento para adoptar alternativamente otro papel que imagina para sí: el de ser una especie de gran oráculo al cual consultar cuando la temperatura social o laboral pueda registrar un estado febril de cuidado.

De manera que no renunciará a difundir sus diagnósticos sobre la gestión de Mauricio Macri, con quien lo vincula una saga de negocios, acercamientos y también encontronazos; fuera de que el triunfo del actual Presidente constituyó uno de los pocos aciertos electorales del camionero, que erró malamente el tiro cuando antes apostó por la suerte de Francisco De Narváez o de Adolfo Rodríguez Saá.

Por la razón que sea, Moyano creyó que Macri lo consagraría como su dirigente gremial de cabecera, esto es, en un rol semejante al que cumplió durante el gobierno anterior (hasta el fallecimiento de Néstor Kirchner, en octubre de 2010), cuando el camionero era el señor todopoderoso del sindicalismo, al punto de fijar, en consenso con el ex presidente extinto, cuál era el porcentaje testigo para negociar mejoras salariales.

Se le atribuye también a Moyano haber encontrado en el ex presidente Néstor Kirchner, a quien en vida nunca escatimó elogios, el socio ideal para que el fortalecimiento del rubro camiones prevaleciera por sobre una necesaria modernización del sistema ferroviario de carga, que llegó a su punto más bajo durante el gobierno peronista de Carlos Menem, con aquello de que "ramal que para, ramal que cierra".

Hay otros datos que retratan la sintonía del camionero con el relato K, como cuando el ex ministro de Trabajo, Carlos Tomada, otorgó en tiempo récord la personería para la organización de trabajadores del peaje que maneja Facundo Moyano, menor que Pablo, a quien papá Hugo lo posicionó como el dos del gremio de choferes de camiones.

Al comando Cristina, que priorizó otras alianzas, el camionero pasó de buenas a primeras a ser el malo del "relato K" y quedó notoriamente relegado: su CGT hasta perdió el reconocimiento de central oficial, que fue a parar a manos de la que armaron -de apuro y sin sede- los gremios ultra K encabezados por el metalúrgico Antonio Caló; Moyano respondería a la afrenta con cinco paros generales contra la ex presidenta en sus segundos cuatro años en el poder.

Debe decirse también que Moyano jamás comulgó con el menemismo, llegando incluso a formar una agrupación sindical "rebelde", por afuera de la CGT: el Movimiento de los Trabajadores Argentinos (MTA).

Otros episodios salientes de su perfil son haber denunciado en 2000 que el ministro de Trabajo de la Alianza, Alberto Flamarique, había confesado en su presencia que "tenía la Banelco" para manejar la voluntad de los senadores que debían votar la fallida reforma laboral de Fernando de la Rúa; o haber sido implicado judicialmente en algún momento en la causa de la mafia de los medicamentos.

Sus incursiones en política no fueron acompañadas por el éxito: ni su paso como presidente del PJ bonaerese, ni la creación de un partido propio concitaron demasiadas adhesiones, lo cual empequeñeció su sueño de que "algún día un obrero alcance la Presidencia de la Nación".

Como sea, Moyano seguirá siendo siempre un "lechuza", como se conoce en la jerga camionera a quienes acompañan al chofer mirando con los ojos muy abiertos para todos lados... Así arrancó. 
 
Por Ricardo Ríos


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