Dios en la Tierra

Hoy celebramos la fiesta de San Alfredo, rey que defendió a su pueblo de los vikingos

Sábado de la vigésima novena semana del Tiempo Ordinario. El santoral recuerda a San Alfredo.

Carta de San Pablo a los Romanos 8,1-11.

Por lo tanto, ya no hay condenación para aquellos que viven unidos a Cristo Jesús.
Porque la ley del Espíritu, que da la Vida, me libró, en Cristo Jesús, de la ley del pecado y de la muerte.
Lo que no podía hacer la Ley, reducida a la impotencia por la carne, Dios lo hizo, enviando a su propio Hijo, en una carne semejante a la del pecado, y como víctima por el pecado. Así él condenó el pecado en la carne,
para que la justicia de la Ley se cumpliera en nosotros, que ya no vivimos conforme a la carne sino al espíritu.
En efecto, los que viven según la carne desean lo que es carnal; en cambio, los que viven según el espíritu, desean lo que es espiritual.
Ahora bien, los deseos de la carne conducen a la muerte, pero los deseos del espíritu conducen a la vida y a la paz,
porque los deseos de la carne se oponen a Dios, ya que no se someten a su Ley, ni pueden hacerlo.
Por eso, los que viven de acuerdo con la carne no pueden agradar a Dios.
Pero ustedes no están animados por la carne sino por el espíritu, dado que el Espíritu de Dios habita en ustedes. El que no tiene el Espíritu de Cristo no puede ser de Cristo.
Pero si Cristo vive en ustedes, aunque el cuerpo esté sometido a la muerte a causa del pecado, el espíritu vive a causa de la justicia.
Y si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús habita en ustedes, el que resucitó a Cristo Jesús también dará vida a sus cuerpos mortales, por medio del mismo Espíritu que habita en ustedes.

Salmo 24(23),1-2.3-4ab.5-6.

Del Señor es la tierra y todo lo que hay en ella,
el mundo y todos sus habitantes,
porque El la fundó sobre los mares,
Él la afirmó sobre las corrientes del océano.

¿Quién podrá subir a la Montaña del Señor
y permanecer en su recinto sagrado?
El que tiene las manos limpias
y puro el corazón;

él recibirá la bendición del Señor,
la recompensa de Dios, su Salvador.
Así son los que buscan al Señor,
los que buscan tu rostro, Dios de Jacob.

Evangelio según San Lucas 13,1-9.

En ese momento se presentaron unas personas que comentaron a Jesús el caso de aquellos galileos, cuya sangre Pilato mezcló con la de las víctimas de sus sacrificios.
El les respondió: “¿Creen ustedes que esos galileos sufrieron todo esto porque eran más pecadores que los demás?
Les aseguro que no, y si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera.
¿O creen que las dieciocho personas que murieron cuando se desplomó la torre de Siloé, eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén?
Les aseguro que no, y si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera”.
Les dijo también esta parábola: “Un hombre tenía una higuera plantada en su viña. Fue a buscar frutos y no los encontró.
Dijo entonces al viñador: ‘Hace tres años que vengo a buscar frutos en esta higuera y no los encuentro. Córtala, ¿para qué malgastar la tierra?’.
Pero él respondió: ‘Señor, déjala todavía este año; yo removeré la tierra alrededor de ella y la abonaré.
Puede ser que así dé frutos en adelante. Si no, la cortarás'”.

Hoy celebramos la fiesta de San Alfredo, rey que defendió a su pueblo de los vikingos

San Alfredo fue rey de Wessex, uno de los siete reinos principales que precedieron al reino de Inglaterra. Se hizo célebre por defender su territorio contra los vikingos (normandos), por lo que fue llamado “El Grande” por su pueblo.

Su vida, que transcurrió entre mediados y fines del siglo IX, fue descrita por el cronista galés conocido como John Asser.

A este santo se le recuerda por ser un hombre culto y letrado, que ayudó mucho a la educación de su reino, promovió la difusión del cristianismo y mejoró el sistema de leyes.

Alfredo siempre insistió que la justicia debía ser dispensada sin miedo o favoritismo. Dedicó sus energías a restaurar lo que había sido destruido por las largas guerras contra los invasores nórdicos.

Reconstruyó y fundó monasterios. Asimismo, mandó a traer a estudiosos de otras tierras como al Arzobispo de Canterbury, San Plegmund; y al Obispo de Mercia, Wetfrith; al monje benedictino San Grimbald, al abad, Juan el Viejo Sajón; al cronista, Asser; al filósofo, Juan Escoto Erígena y a muchos otros más.

San Alfredo nació en el año 849 en Berkshire (Inglaterra). Fue el hijo menor de Ethewulf, rey de Wessex, quien murió cuando Alfredo tenía nueve años. El hermano mayor del santo murió dos años después; el segundo después de seis.

Fue en el reinado del tercer hermano, Etelredo I, cuando el joven Alfredo comenzó su vida pública y brillante carrera militar en contra de los vikingos.

Tras la muerte de su hermano en batalla Alfredo subió al trono de Wessex, donde reorganizó las tropas sajonas, formando unidades de caballería en los diferentes condados y derrotando a los vikingos daneses de Guthrun el Viejo.

De esta manera, Guthrun se vio obligado a aceptar el tratado de Westmore en el 878, por el cual los vikingos habían de evacuar Wessex e instalarse en los antiguos territorios de Essex, East-Anglia, Lindsey y Mercia, formando lo que sería conocida como la región de Danelaw.

De este modo, el rey Alfredo cedió algunos territorios que no podía defender, y de forma paralela, protegió su reino de los escandinavos, estableciendo una serie de pueblos fronterizos fortificados además de una marina propia.

Alfredo el Grande falleció el 26 de octubre del 899.

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