Dios en la Tierra

Hoy celebramos a San Bernardo de Claraval

Jueves de la vigésima semana del Tiempo Ordinario. El santoral recuerda a San Bernardo de Claraval y a San Porfirio Roma.

Libro de Ezequiel 36,23-28.

Yo santificaré mi gran Nombre, profanado entre las naciones, profanado por ustedes. Y las naciones sabrán que yo soy el Señor -oráculo del Señor- cuando manifieste mi santidad a la vista de ellas, por medio de ustedes.
Yo los tomaré de entre las naciones, los reuniré de entre todos los países y los llevaré a su propio suelo.
Los rociaré con agua pura, y ustedes quedarán purificados. Los purificaré de todas sus impurezas y de todos sus ídolos.
Les daré un corazón nuevo y pondré en ustedes un espíritu nuevo: les arrancaré de su cuerpo el corazón de piedra y les daré un corazón de carne.
Infundiré mi espíritu en ustedes y haré que sigan mis preceptos, y que observen y practiquen mis leyes.
Ustedes habitarán en la tierra que yo he dado a sus padres. Ustedes serán mi Pueblo y yo seré su Dios.

Salmo 51(50),12-13.14-15.18-19.

Crea en mí, Dios mío, un corazón puro,
y renueva la firmeza de mi espíritu.
No me arrojes lejos de tu presencia
ni retires de mí tu santo espíritu.

Devuélveme la alegría de tu salvación,
que tu espíritu generoso me sostenga:
yo enseñaré tu camino a los impíos
y los pecadores volverán a ti.

Los sacrificios no te satisfacen;
si ofrezco un holocausto, no lo aceptas:
mi sacrificio es un espíritu contrito,
tú no desprecias el corazón contrito y humillado.

Evangelio según San Mateo 22,1-14.

Jesús habló en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, diciendo:
El Reino de los Cielos se parece a un rey que celebraba las bodas de su hijo.
Envió entonces a sus servidores para avisar a los invitados, pero estos se negaron a ir.
De nuevo envió a otros servidores con el encargo de decir a los invitados: ‘Mi banquete está preparado; ya han sido matados mis terneros y mis mejores animales, y todo está a punto: Vengan a las bodas’.
Pero ellos no tuvieron en cuenta la invitación, y se fueron, uno a su campo, otro a su negocio;
y los demás se apoderaron de los servidores, los maltrataron y los mataron.
Al enterarse, el rey se indignó y envió a sus tropas para que acabaran con aquellos homicidas e incendiaran su ciudad.
Luego dijo a sus servidores: ‘El banquete nupcial está preparado, pero los invitados no eran dignos de él.
Salgan a los cruces de los caminos e inviten a todos los que encuentren’.
Los servidores salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, buenos y malos, y la sala nupcial se llenó de convidados.
Cuando el rey entró para ver a los comensales, encontró a un hombre que no tenía el traje de fiesta.
‘Amigo, le dijo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta?’. El otro permaneció en silencio.
Entonces el rey dijo a los guardias: ‘Atenlo de pies y manos, y arrójenlo afuera, a las tinieblas. Allí habrá llanto y rechinar de dientes’.
Porque muchos son llamados, pero pocos son elegidos.

Amén

Hoy celebramos a San Bernardo de Claraval, el “cazador de almas y vocaciones”

Bernardo de Claraval o Bernard de Clairvaux (1090-1153) fue un monje cisterciense francés. Llegó a ser el abad del monasterio de Claraval, célebre abadía cisterciense por haber dado abundantes frutos de santidad. Bernardo fue un hombre inteligente, dotado de una singular agudeza y una gran capacidad de persuasión; pero por sobretodo, supo poner esos dones y habilidades al servicio del Evangelio. Libró numerosas batallas intelectuales y convirtió a muchos para Cristo, incluyendo a su propia familia. Fue consejero de reyes y papas, escribió varios libros y una de las oraciones dedicadas a la Virgen más hermosas que existen. Se le conoció como “el cazador de almas y vocaciones” y “el oráculo de la cristiandad”.

San Bernardo de Claraval nació en el castillo de Fontaine-les-Dijon, ubicado en Borgoña (Francia), en el año 1090. Su nombre de pila tiene origen germánico y quiere decir “oso fuerte” o “fuerte como un oso”. Su familia pertenecía a la nobleza francesa, ya que su padre, Tescelino, era uno de los caballeros del duque de Borgoña, y su madre, Alice, era hija de un poderoso señor feudal llamado Bernardo de Montbard. Fue el tercero de siete hermanos.

Desde niño tuvo una relación muy estrecha con su madre. Ella decía que, estando embarazada, había tenido una visión sobre la vida de su hijo como un santo. Bernardo era un niño sensible y habitualmente reservado. Recibió una esmerada educación, al igual que sus hermanos.

Cuando murió su madre, Bernardo volvió sus ojos hacia la Virgen María, la fuente de sus consuelos y por quien profesó una fuerte devoción durante toda su vida. Bernardo fue el autor del “Acordaos”, una de sus oraciones marianas más hermosas. Durante su juventud forjó un temperamento vigoroso, pero también se dejó ganar por las cosas del mundo, entre amistades vacías y la vanagloria. En el fondo, Bernardo se sentía vacío y hastiado.

La noche de Navidad del año 1111, Bernardo se quedó dormido. En su sueño apareció la Virgen llevando al Niño Jesús en brazos y se lo ofrecía a él para que lo amara e hiciera que otros lo amen también. Desde aquella noche decidió consagrarse a Dios y alcanzar la santidad.

En 1112 ingresó al monasterio cisterciense de Citeaux, fundado por tres grandes santos: san Roberto, san Alberico y san Esteban Harding. En aquel momento, ese monasterio se había convertido en centro de renovación, a través de una vuelta a los orígenes: allí se practicaba con rigor la regla de San Benito. San Esteban Harding, que era el prior, aceptó a Bernardo y a todos quienes lo acompañaron con inusitada alegría: no recibían vocaciones en 15 años.

El empeño que puso Bernardo en lograr su propia santidad viviendo el espíritu originario de la vida monacal hizo que sus superiores confiaran en él para liderar un proyecto ambicioso. Con solo 25 años fue enviado como abad a fundar, con otros doce monjes, un nuevo monasterio en Champagne, al que llamó Clairvaux -es decir, Claraval, que en francés significa “valle claro”-.
Bernardo llevaba una vida sin duda rigurosa y exigente. Su oración constante y su preocupación por ser en todo fiel a Cristo hizo que muchos se sientan atraídos por la vida monástica. Se ganó el apelativo de “el cazador de almas y vocaciones”. Se dice que las jovencitas temían que hable con sus novios porque podrían terminar pidiendo ser admitidos en la abadía. Bernardo visitó escuelas, universidades, pueblos y campos para hablar sobre las bondades de la vida religiosa.

Fundó cerca de 300 monasterios y consiguió que 900 hombres profesen los votos. Uno de sus discípulos, Bernardo de Pisa, llegó a convertirse en papa con el nombre de Eugenio III.

La familia que alcanzó a Cristo

Bernardo no solo fue parte de una familia noble. Bernardo perteneció a una familia santa.

Su madre, la beata Alice de Montbard, fue una mujer caritativa y entregada a la voluntad de Dios. Formó en la fe cristiana a sus siete hijos y murió rezando el rosario. Su padre, el venerable Tescelino, perdonó a un caballero que lo retó a duelo y lo hirió con su lanza. Inculcó a sus dos hijos mayores, el beato Gerardo y el beato Guy, la importancia de la misericordia.

Cuando san Bernardo manifestó a su familia el deseo de hacerse monje, encontró una fuerte oposición. Sin embargo, el santo logró que las cosas cambien. No solo venció la oposición inicial, sino que terminó llevando consigo a sus cuatro hermanos mayores: Gerardo, Guy, Andrés y Bartolomé -todos ellos futuros beatos-, a su tío y a 31 compañeros. Cuando Bernardo y sus hermanos dejaron su casa, Nirvardo, el hermano menor -otro que sería beatificado-, les dijo: “¡Ajá! ¿Conque ustedes se van a ganarse el cielo y a mí me dejan aquí en la tierra? Esto no lo puedo aceptar”. Años más tarde, Nirvardo seguiría los pasos de sus hermanos mayores.

Ahí no terminaría la historia: el padre de Bernardo, Tescelino, ingresaría también, tiempo después, al monasterio de Citeaux.

La esposa del beato Guy, Isabel, también se hizo monja junto con sus dos hijas. La hermana del santo, la beata Humbelina, llegó a un mutuo acuerdo con su esposo, Guy de Marcy, de que ambos se consagrarían a Dios.

Humbelina fue fundadora de varios conventos. Su lema fue “amar es servir”. Bernardo fue quien desató el amor por Cristo en la familia, y la familia respondió con creces al llamado de Dios.

San Bernardo se hizo consejero de príncipes y obispos, quienes le pedían luces sobre los asuntos más importantes gracias a su rectitud de pensamiento y sabiduría. Por eso, lo terminaron llamando “el oráculo de la cristiandad”.
Bernardo murió el 21 de agosto de 1153, a los 73 años, habiendo sido abad durante 38 años. Fue canonizado en 1174 y proclamado Doctor de la Iglesia en 1830.

San Bernardo: gran predicador, enamorado de Cristo y
de la Madre Santísima: pídele al buen Dios
que nos conceda a nosotros un amor a Dios
y al prójimo, semejante al que te concedió a ti.
Quiera Dios que así sea.

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