por Pedro Aguer para Mundo Rural
Los argumentos a favor de que el fin justifique los medios ponen en evidencia la intencionalidad de quienes los usan inescrupulosamente para su beneficio personal encuadrado en intereses inconfesables.
Algunos actúan atraídos por el poder, otros por la sombra. Por lo general tratando de acumular dinero, aunque se dañen las simientes mismas de la sociedad.
Las consecuencias no importan.
Este es el origen de la corrupción que cuesta tanto erradicar.
La corrupción necesita sostenerse con acumulación. Se benefician los que detentan el poder y quienes les sirven como cómplices, transgrediendo las leyes morales.
Nadie dudará de que estos conceptos provienen de la educación que hemos recibido en la escuela y en los hogares donde los valores éticos eran prioritarios.
Hoy la desesperación por un enriquecimiento rápido promueve conductas que nada tienen que ver con las necesidades del pueblo.
Se puede ser político y honrado. Más aún, si no se es honrado no se debe ejercer la política como profesión.
De la acción política depende la suerte de la sociedad en su conjunto.
Conductas intachables necesitan los pueblos en la función de gobierno para prosperar.
El ejemplo es primordial. El buen ejemplo tiene efecto multiplicador y avergüenza al que es descubierto en sus desvíos.
La idoneidad es lo que faculta para el ejercicio de la función pública, pero con ello no alcanza si se es portador de conductas delictivas.
El honor reside en determinar con prudencia si se es capaz o no de desempeñar tal o cual función. Esto respecto de uno mismo o en la selección de colaboradores y compañeros de lista.
El Estado en todo su nivel municipal, provincial y nacional, debe estar en manos de gente idónea y honrada.
Cuando el Estado, sobre todo si es republicano y democrático, está administrado por ciudadanos probos, puede ejercer la autoridad para las tareas que le corresponden, de lo contrario no se lo respeta, y más bien se lo repudia, considerándosele como estorbo, como ineficiente e ineficaz, simplemente un contrapeso.
La política se ha degrado mucho en estos tiempos. Necesitamos recuperar la imagen de pureza y de ecuanimidad, para reparar los deterioros que ha sufrido.
No es fácil, pero es posible y sobre todo necesario para resistir las tendencias degradantes y las apetencias imperiales de países que no cesan en su interés de conquistar el mundo entero poniéndolo a su servicio. “Los grandes parecen grandes cuando se los mira de rodillas” decía Francisco Barroetaveña, quién se hizo famoso por su artículo publicado en el diario La Nación el día 20 de agosto de 1889, titulado “¡Tu quoque juventud! En tropel al éxito”, que sacudió a la opinión pública y a la juventud en particular, donde condenaba la ausencia de principios morales y el apoyo de ciertos jóvenes al entonces presidente Miguel Juárez Celman diciendo:”Esta y aquella adhesión no significan otra cosa que la renuncia a la vida cívica activa de los jóvenes, para desaparecer absorbidos por una voluntad superior que los convierte en meros instrumentos del jefe del Poder Ejecutivo”.
Necesitamos recuperar la política para que se nos respete como pueblo y como Nación.
Necesitamos recuperar la confianza en nosotros y entre nosotros.
No se trata de otra cosa que dialogar sin preconceptos ni prejuicios, con franqueza, pensando en una Patria que es la más bella pero que no quiere ser más que ninguna otra, sino amada y admirada en su grandeza por quienes habitan su suelo.
Debemos poner nuestro mayor empeño para lograrlo en reconocimiento a los próceres y a los mártires del pasado y como tributo a las generaciones venideras.
Hagamos de las instituciones republicanas, del orden constitucional y del progreso social, en justicia y libertad, el derrotero de nuestra conducta ética. Lo demás vendrá por añadidura.














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