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“Política si, curro no”

Por Pedro Aguer (Escrito con mucha esperanza en la juventud de la Patria)

Es tendencia generalizada en la sicología de los políticos proponerse en situación de pagados de sí mimos, aunque simulando humildad en algunas circunstancias, sobre todo en tiempos electorales. Pero el verdadero político debe asumir que es educador más que actor.

La máscara dura poco, pues el objetivo personal que subyace reaparece y les cuesta mucho persistir en la actuación. Entonces se muestran en su auténtica personalidad. No pocas veces plagada de mezquindades.

Hay excepciones. Las hubo y las habrá.

Pero como tales no alcanzan para darle a la política la credibilidad que merece, tratándose de una profesión que debería ser eminentemente vocacional, de extrema responsabilidad y cuidada por los protagonistas como una actividad al servicio de la comunidad, no para enriquecimiento personal, sino como una necesidad operacional.

Existen muchas profesiones y oficios en los que velar por el patrimonio personal es todo un fin. No es el caso de la política.

El oficio o la profesión o el trabajo, en política implican un desapego a lo personal y una gran dedicación a la atención de los intereses y al bienestar general.

A veces por ignorancia, otras por ambición, y también porque ante la prosperidad alcanzada en poco tiempo por quienes en política se ocupan más de lo propio, aparece la envidia y con ella la imitación.

“El hombre es, la sombra parece”, sostenía José Ingenieros, pero hoy se tomaría casi como una ridiculez pretender esta consigna ética.

Sin embargo la política para ser eficaz en la organización armónica y pacífica de la sociedad, si es que ésta pretende ser progesista, tendrá que efectivizarse sobre bases sostenidas por preceptos éticos y conductas principistas consecuentes con ellos.

Los recursos económicos son cada vez más escasos y las necesidades son cada vez más abundantes. Axioma que debe ser tenido muy en cuenta cuando alguien decida dedicarse al quehacer político. Ello requiere una exhaustiva formación, una permanente información y un proceso educacional compartido con el espectro partidario. Y éste debe nutrirse de los problemas que aquejan al conjunto social.

La acción política es colectiva. Tanto en el proceso como en los resultados.

De ello surge que la soberbia es una actitud negativa, debido a la distancia que genera entre los que conducen y quienes son conducidos. Sentirse dueño de la verdad es contraproducente siempre, pero lo es más aún cuando de la administración de la cosa pública se trata. El Estado que es el centro de operaciones para la convivencia social, es de todos. No es propiedad de nadie en particular, ni de sectores políticos determinados.

El Estado no es una empresa de capital, es la empresa que nos pertenece y por ello debe unirnos a todos. Utilizarlo en beneficio propio es la muestra más certera del desapego, o menosprecio, por los intereses nacionales y populares.

El consenso es un motor que se debe preparar mediante debate, consultas, discusiones constructivas y con autocrítica.

Planteo estas sencillas inquietudes con el deseo ferviente de promover un llamado a la conciencia, a la manera de despedida del año y con la esperanza de encontrar en el transcurso del  2015 más juventud interesada por la política, pero que no sea tomada como un curro en lo personal sino como un compromiso de servicio para con la comunidad.

Recurro a José Ingenieros nuevamente: “Jóvenes son los que no tienen complicidad con el pasado”.

¿Pues si perdemos la confianza, la fe y la esperanza en la juventud, en quién vamos a creer?

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