Sencilla es mi canoa como mis afectos; humilde como mi espíritu. Ella boga exenta y tranquila por las ondas bonancibles sin osar lanzarse a las olas turbulentas del gran río. Bien ve las naves fuertes naufragar, bien ve los verdes camalotes fluctuantes, que separados de la dulce linfa natal, al empuje de las corrientes, vagan acá y allá, ora batidos y desmenuzados contra las riberas, ora arrebatados por el océano de las aguas amargas hasta las playas extranjeras.
¡Paraná delicioso! tú no me ofreces sino imágenes risueñas, impresiones placenteras, sublimes inspiraciones; tú me llamas a la dulce vida, la vida de la virtud y la inocencia.
¡Cuántos goces puros! ¡cuán deleitosas fruiciones plugo a tu Hacedor prepararnos en tu seno! En medio de tus aguas bienhechoras, de tus islas bellísimas, revestidas de flores y de frutos; entre el aroma de tus aires purísimos; en la paz y la quietud de la humilde cabaña hospitalaria de tus bosques… allí, allí es donde se encuentra aquel edén perdido, aquellos dorados días que el alma anhela!
La leve canoa, al impulso de la espadilla, se desliza rápida y serena sobre la tersa superficie que semeja a un inmenso espejo guarnecido con la cenefa de las hojosas y floreadas orillas, reproducidas en simétricos dibujos. El sol brilla en su oriente sin celajes; las aves, al grato frescor del rocío y del follaje, prolongan sus cantares matinales, y se respira un ambiente perfumado. Las islas por una y otra banda, se suceden tan unidas, que parecen las márgenes del río; pero este gran caudal de agua que hiende mi canoa no es más que un simple canalizo del grande Paraná, cuyas altas riberas se pierden allá, bajo el horizonte.
A medida que adelanta la canoa, nuevas escenas aparecen ante la vista hechizada, en las caprichosas ondulaciones de las costas, y en los variados vegetales que la orlan. A cada momento el navegante se siente deliciosamente sorprendido por el encuentro de nuevos riachuelos, siempre bordados de hermoso verdor; sendas misteriosas que transportan la imaginación a eliseos encantados.
Al paso que se desarrollan las vueltas salientes de las costas, vanse descubriendo nuevas abras y canales arbolados, y continuados bosques; no como aquellas selvas vetustísimas, donde los resquebrajados troncos seculares levantan sus copas infructíferas, jamás penetradas por el sol, sofocando bajo de sí toda vegetación, y ofreciendo el reino de la noche y del silencio. No: sobre este suelo de reciente formación, surcado por una red de corrientes cristalinas que fluyen sobre los lechos de flores; se elevan bellos árboles y arbustos que protejen los raudales, coronando sus orillas de ópimos presentes de Flora y de Pomon; bellos árboles variados, de mil formas y matices, que la vista contempla embebecida. Ya, separados por familias, o bien, entremezclados forman acá y allá espesos boscajes interrumpidos por claros espaciosos que dejan gozar libremente de la luz y hermosura de los cielos. Unas veces desplegando libremente su ramaje, se muestran con la fisonomía peculiar a cada especie; otras veces en densos grupos, forman sombríos embovedados; y otras, se encorvan sobre las aguas, oprimidos con la muchedumbre de sus frutos.
Aquí el naranjo esférico ostenta majestuoso su ropaje de esmeralda, plata y oro; allí el cónico laurel de hojas lucientes, refleja el sol en mil destellos; allá asoman sus copas el álamo piramidal, la esbelta palma, el enhiesto aliso y el sauce de contornos aéreos, que mece sus cabellos al leve impulso de los céfiros; más allá los durazneros, de formas indecisas, compiten entre sí en la copia y variedad de sus pintados frutos; y por todas partes el seibo florido, patriarca de este inmenso pueblo vegetable, muestra orgulloso sus altos penachos del más vivo carmín y extiende sus brazos á las amorosas lianas, que lo visten de galas y guirnaldas, formando encumbrados doseles, graciosos cortinados y umbrosas grutas que convidan al reposo y al deleite.
Aun los árboles privados de su verdor y de su savia se ven vistosamente adornados de agáricos y líquenes, festonados de bonitas enredaderas, y embalsamados por la flor del aire, planta inmortal que vive de las auras.
Los globosos panales del camuatí y la lechiguana, cual desmesurados frutos, cuelgan aquí y allí, doblegando los arbustos con el peso de la miel más pura y delicada.
Si en la edad dorada los troncos y las peñas destilaban los tesoros de la abeja, escondido en sus huecos, aquí se brindan al deseo en colmenas de[ admirable construcción, pendientes de las ramas de un arbusto. Y no es la tosca bellota, ni las bayas desapacibles el regalo que ofrecen estos montes, sino las mas gustosas y variadas frutas.
En estas aguas y verjeles, innumerables peces y anfibios se solazan; prodigiosa multitud de aves, con el brillo y variedad de sus colores, la gracia y belleza de sus formas, adunan el concierto de sus cantos, con la alegría y viveza de sus giros para acrecer los embelesos del paisaje.
Sigue la canoa de arroyo en arroyo hasta las últimas ramificaciones de las aguas que, ora salen del seno de las islas, ora penetran en él, estrechándose cada vez más, hasta tener que surcar sobre las plantas acuáticas que de orilla a orilla entretejen sus tallos y sus flores. Algunos de estos arroyuelos, cuando ya parece que van a terminarse, desembocan en una cancha dilatada, produciendo una sorpresa inexplicable. El que surca mi canoa, corre recto, como un canal, sombreado de árboles cubiertos de lianas.
Aquí se empieza a oir con el silencio el blando murmullo de las aguas. Las aves han cesado ya en sus cantos. Sólo resuena alguna vez la caída de la capibara que se somormuja con estruendo, o se escucha el arrullo compasado de la tórtola, que con tiernas emociones nos inspira.
Allá a lo lejos se avista entre los sauces una pequeña choza sobre el borde del raudal; es el rancho solitario del carapachayo, el hombre de las islas. Bajo de ese humilde techo pajizo residen el sosiego, el contento y la benevolencia. Aquí es donde se encuentra en toda su pureza la índole suave y el carácter noble de los hijos de la región del Plata, inteligentes, animosos, sufridos, sobrios, generosos y hospitalarios. ¡Con cuánto interés escucha uno las animadas narraciones de estos hijos de la naturaleza! ¡Qué interesante es la descripción de sus exploraciones, del acopio de maderas y construcción de sus hangadas, de la recolección de frutas y de mieles, de sus sementeras, cacerías, pescas y otros ejercicios en que se emplean agradable y útilmente, proveyéndose de lo necesario para una vida frugal e independiente! ¡Con cuánta facilidad y placer se acomoda uno a sus sencillos usos y a su rústico menaje! ¡Cuán gustosamente participamos, al lado de su hogar, del mate aromático, inocente vínculo de la sociabilidad entre los pueblos del gran río! ¡Costumbres puras y sencillas de la patria! ¡cuánto imperio tenéis sobre un corazón que os idolatra!
Sí, en medio de estas cabañas solitarias, es donde reinan la seguridad, la calma y la armonía; bienes debidos, no al freno de las leyes, sino a la influencia de la religión, de la libertad y la naturaleza. Esta madre liberal e inagotable prodiga en estos ríos y estos campos, como en el siglo de oro, sus bellezas y sus bienes. Todo parece aquí preparado para las satisfacciones y el bienestar del hombre, sin el trabajo abrumante que por todas partes lo persigue. Todo le induce al fácil cultivo de tan fecundo suelo; todo le inspira el amor a la paz y la confraternidad.
¡Libertad anhelada! ¡dulce reposo! ¡deliciosa correspondencia de las almas ingenuas! ¡placeres puros, bálsamo del corazón! ¡al fin os he encontrado! ¿En dónde construiré mi humilde choza? Fluctúo sin resolverme entre tanto sitio encantador, como el picaflor que gira sin decidirse a elegir el ramito de que ha de colgar su pequeño nido.
Marcos Sastre
Biografía de Marcos Sastre :Escritor Argentino Educador
En el frente de la biblioteca del “Salón Literario” fundado por Marcos Sastre podía leerse: “Abjiciamus ero ópera tenebrárum, et induámur arma lucís“: Desechemos las obras de las tinieblas, y vistamos las armas de la luz.
Tal lema, en plena época de Rosas, resultaba mucho más que una simple declaración de propósitos. Era, casi, un desafío. Alberdi, Echeverría, Vicente F. López, Juan M. Gutiérrez frecuentaban las tertulias a las que Sastre daba gran autoridad.
También solía aparecer, de vez en cuando, el editor Pedro de Angelis, espía de Rosas. Se habla de literatura, de ciencia, de educación pública. Un solo tema está proscripto: la política.
Pero los tiempos son difíciles para la patria; fogosos corazones preparan la rebelión, bajo los cuchillos asesinos. Marcos Sastre no puede evitar que sus contertulios se entusiasmen, y se ve obligado a rematar su librería.
Aquel grupo de asiduos concurrentes al Salón Literario se refugia en la clandestinidad, funda la Asociación de Mayo bajo la dirección de Echeverría y comienza a trabajar por la libertad. La librería del pacífico maestro se ha convertido, de tal suerte, en el punto de partida de la “Joven Argentina”.
Sastre se instala en el campo, compra una majada de las ovejas más finas del país, se dedica a la cría de merinos, y prospera rápidamente, hasta que se arruina, debido al largo bloqueo francés.
En San Fernando todavía le queda la vieja casa de sus padres. En ella se refugia. Las islas del Delta lo seducen; viaja, navega los riachos, realiza pacientes estudios sobre las condiciones de esa tierra.
En 1840 el país se agita en el terror. Lo tildan de “salvaje unitario” y le confiscan sus pocos bienes. Sin embargo, Sastre sobrevive al puñal y en 1846 toma a su cargo la dirección del colegio de los jesuítas, desde el cual irradia su talento.
Cinco años después de la caída de Rosas, cuando todo estaba por hacerse y no había maestros, ni escuelas, ni medios, emprende la difícil empresa de organizar la instrucción pública; interesa a las autoridades, convence a los padres descreídos, familiariza a los educadores con la organización escolar, traza los planos de nuevos edificios, crea bibliotecas, idea nuevos métodos de enseñanza (“Método ecléctico”, “Lecciones de Aritmética”, “Lecciones de Gramática Castellana”) y, al cabo de cinco años, consigue la victoria final Sastre nació en Montevideo en 1809 y falleció en 1887.
El paisaje ejerció poderosa influencia en el espíritu de Marcos Sastre, quizás porque en su amor por las plantas, por los panoramas de vegetación exuberante, por los vivos cuadros que la naturaleza le ofreció durante sus viajes de la infancia, creyó hallar la más grande y definitiva paz, tan necesaria a su formación de misionero y de maestro.
Laborioso, lector incansable, pedagogo de profunda lógica, apologista de las virtudes que hacen al ciudadano y al hombre de bien, Sastre dio de sí la originalidad desús métodos de enseñanza, la erudición de sus artículos de crítica literaria, de sus traducciones, de sus charlas. Por todo ello no pidió ni aceptó recompensa, porque su obra, como su vida, hubo de nutrirse en la humildad por designios de un particular mensaje.
Fue la suya una tarea para la juventud, una incesante búsqueda de verdades, jamás traicionadas por la apetencia de fortuna. En la pobreza material, en el anonimato casi, este espíritu contemplativo modeló la arcilla de su fe, para entregar a las generaciones que le sucedieron un ejemplo que resiste cualquier crítica.
Mientras educaba a sus hijos concibió el hermoso opúsculo “Consejos de oro”, sobre educación escolar y doméstica, los cuales, llenos de sabiduría, deben servir de enseñanza a las madres y a los maestros. Él mismo, con cierta ingenua sencillez, confiesa en la dedicatoria: “Los consejos que os ofrezco serían de un bajo metal si fuesen míos. Los he sacado de tres libros, después de un estudio dilatado: el libro de la Religión, el libro de la Ciencia, y el libro de la Naturaleza”.
Halló, ciertamente, para las madres, el canto bíblico, inflamado de gratitud; .para los educadores, empleó el lenguaje sano, sincero, desprovisto de toda afectación, tal como cuadra al estilo de una profesión que amaba.
Su obra maestra, “El Tempe argentino”, es un poema en prosa, de sencillez admirable, en el que revela los secretos del Delta.
Con delicado acierto traza las comparaciones de esta región del nuevo mundo con el valle del Tempe, regado por las mansas aguas del Peneo.
Extensas nociones sobre las aves y los cuadrúpedos que habitaban entre las frondosas arboledas; detalles sobre sus costumbres, sus instintos, sus variedades; descripción de bellezas olvidadas, de rincones idílicos, hacen de este libro, tan americano, tan sabio, tan bello, un documento que los naturalistas agradecen.
Marcos Sastre lo dio a la prensa en el año 1858, en la “Biblioteca Americana”. Su éxito fue inmediato, porque es la consecuencia de pacientes estudios sobre condiciones de la tierra, geología, productos naturales; cada página nos revela la presencia del hombre solitario, hechizado por un paisaje de vegetación lujuriosa, de colorido fascinante, con un río generoso por la variedad de sus peces y una espléndida naturaleza, llena de frutos.
El escritor se maravilla, se postra y canta. Su lira recorre la fronda, descubre sonidos, remonta los cauces de agua toma la voz cálida de los habitantes de las islas, traduce, en fin aquello que permanece oculto a los ojos del profano.















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