Dios en la Tierra

Hoy la Iglesia recuerda a San Pedro Claver

9 de septiembre. Jueves de la vigesimotercera semana del Tiempo Ordinario.

Carta de San Pablo a los Colosenses 3,12-17.

Como elegidos de Dios, sus santos y amados, revístanse de sentimientos de profunda compasión. Practiquen la benevolencia, la humildad, la dulzura, la paciencia.
Sopórtense los unos a los otros, y perdónense mutuamente siempre que alguien tenga motivo de queja contra otro. El Señor los ha perdonado: hagan ustedes lo mismo.
Sobre todo, revístanse del amor, que es el vínculo de la perfección.
Que la paz de Cristo reine en sus corazones: esa paz a la que han sido llamados, porque formamos un solo Cuerpo. Y vivan en la acción de gracias.
Que la Palabra de Cristo resida en ustedes con toda su riqueza. Instrúyanse en la verdadera sabiduría, corrigiéndose los unos a los otros. Canten a Dios con gratitud y de todo corazón salmos, himnos y cantos inspirados.
Todo lo que puedan decir o realizar, háganlo siempre en nombre del Señor Jesús, dando gracias por él a Dios Padre.

Salmo 150(149),1-2.3-4.5-6.

Alaben a Dios en su Santuario,
alábenlo en su poderoso firmamento;
Alábenlo por sus grandes proezas,
alábenlo por su inmensa grandeza,

Alábenlo con toques de trompeta,
alábenlo con el arpa y la cítara;
alábenlo con tambores y danzas,
alábenlo con laudes y flautas.

Alábenlo con platillos sonoros,
alábenlo con platillos vibrantes,
¡Que todos los seres vivientes
alaben al Señor!

Evangelio según San Lucas 6,27-36.

Jesús dijo a sus discípulos:
«Yo les digo a ustedes que me escuchan: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian.
Bendigan a los que los maldicen, rueguen por los que los difaman.
Al que te pegue en una mejilla, preséntale también la otra; al que te quite el manto, no le niegues la túnica.
Dale a todo el que te pida, y al que tome lo tuyo no se lo reclames.
Hagan por los demás lo que quieren que los hombres hagan por ustedes.
Si aman a aquellos que los aman, ¿qué mérito tienen? Porque hasta los pecadores aman a aquellos que los aman.
Si hacen el bien a aquellos que se lo hacen a ustedes, ¿qué mérito tienen? Eso lo hacen también los pecadores.
Y si prestan a aquellos de quienes esperan recibir, ¿qué mérito tienen? También los pecadores prestan a los pecadores, para recibir de ellos lo mismo.
Amen a sus enemigos, hagan el bien y presten sin esperar nada en cambio. Entonces la recompensa de ustedes será grande y serán hijos del Altísimo, porque él es bueno con los desagradecidos y los malos.
Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso.

Hoy la Iglesia recuerda a San Pedro Claver

“Ego Petrus Claver, aethiopum semper servus” (Yo, Pedro Claver, esclavo de los negros para siempre), escribió San Pedro Claver en el acta de sus votos perpetuos. Pedro Claver (1580-1654) fue un jesuita de origen catalán -su nombre era Pere Claver Corberó- quien, como misionero en Cartagena (Colombia), se convirtió en el protector de la población negra y de los sometidos a la servidumbre en el puerto de Cartagena de Indias, célebre en ese entonces por haberse convertido en el centro negrero más grande del Nuevo Mundo.

Pedro nació en Verdú (España) un 26 de junio de 1580. A los 19 años fue aceptado en la Compañía de Jesús. Con los estudios y la formación avanzada, fue enviado como misionero a Nueva Granada (hoy Colombia) y ordenado sacerdote en Cartagena en 1616.

Allí se opuso a las injusticias de la esclavitud institucionalizada, en la que se vendía esclavos para todo tipo de trabajo forzado. Rechazó las teorías que no reconocían la humanidad de los negros traídos del Africa y condenó toda forma de maltrato hacia los “etíopes” (nombre genérico con el que se denominaba a los africanos). También tomó parte en defensa de los indígenas, a quienes evangelizó.

Mientras los esclavos se encontraban retenidos en Cartagena esperando ser vendidos, Claver atendía a los que llegaban enfermos, hambrientos o maltratados. Incluso se organizaba previamente a la llegada de las embarcaciones de esclavos almacenando provisiones que él mismo recaudaba. En esas circunstancias, San Pedro instruía a los esclavos en la fe y los bautizaba. Así ganó muchísimas almas para Cristo.

Haberse hecho “esclavo de los esclavos” le causó muchos problemas. Se ganó enemistades entre las autoridades y, evidentemente, entre los comerciantes de esclavos. Al mismo tiempo, no fueron pocos los fieles que cuestionaron su conducta, o pocas las incomprensiones entre sus superiores y hermanos jesuitas.

A pesar de todo, el Santo continuó su obra apostólica, convirtiéndose en un gran profeta del amor evangélico, un servidor que enseñó y vivió el amor de Cristo por los más sencillos, los olvidados, los marginados. Por eso su testimonio es invalorable. Cargó su propia cruz y ayudó a muchos a cargar la suya. Se compadeció de los más indefensos y les sirvió como al mismo Dios, sin que el odio, el rechazo o la enfermedad pudieran detenerlo. En tiempos donde se aceptaban prácticas inhumanas, San Pedro Claver puso humanidad y santidad.

Partió a la Casa del Padre el 9 de septiembre de 1654. Ese día, la población de Cartagena salió a las calles para encontrarse con su santo por última vez y rendirle los honores debidos a quien se santificó como su auténtico servidor.

San Juan Pablo II, quien visitó la tumba de este Santo en Cartagena en 1986, dijo, en aquella ocasión, en alusión al Santo y las nuevas esclavitudes del mundo contemporáneo: “hoy, como en el siglo XVII en que vivió Pedro Claver, la ambición del dinero se enseñorea del corazón de muchas personas y las convierte, mediante el comercio de la droga, en traficantes de la libertad de sus hermanos a quienes esclavizan con una esclavitud más temible, a veces, que la de los esclavos negros… Como hombres libres a quienes Cristo ha llamado a vivir en libertad debemos luchar decididamente contra esa nueva forma de esclavitud que a tantos subyuga en tantas partes del mundo, especialmente entre la juventud, a la que es necesario prevenir a toda costa, y ayudar a las víctimas de la droga a liberarse de ella”.

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