Dios en la Tierra

Hoy es fiesta de San Cornelio y San Cipriano, amigos defensores de la fe

16 de septiembre. Jueves de la vigesimocuarta semana del Tiempo Ordinario.

Primera Carta de San Pablo a Timoteo 4,12-16.

Que nadie menosprecie tu juventud: por el contrario, trata de ser un modelo para los que creen, en la conversación, en la conducta, en el amor, en la fe, en la pureza de vida.
Hasta que yo llegue, dedícate a la proclamación de las Escrituras, a la exhortación y a la enseñanza.
No malogres el don espiritual que hay en ti y que te fue conferido mediante una intervención profética, por la imposición de las manos del presbiterio.
Reflexiona sobre estas cosas y dedícate enteramente a ellas, para que todos vean tus progresos.
Vigila tu conducta y tu doctrina, y persevera en esta actitud. Si obras así, te salvarás a ti mismo y salvarás a los que te escuchen.

Salmo 111(110),7-8.9.10.

Las obras de sus manos son verdad y justicia;
todos sus preceptos son indefectibles:
están afianzados para siempre
y establecidos con lealtad y rectitud.

Él envió la redención a su pueblo,
promulgó su alianza para siempre:
Su Nombre es santo y temible.
El temor del Señor es el comienzo de la sabiduría:

son prudentes los que lo practican.
¡El Señor es digno de alabanza eternamente!

Evangelio según San Lucas 7,36-50.

Un fariseo invitó a Jesús a comer con él. Jesús entró en la casa y se sentó a la mesa.
Entonces una mujer pecadora que vivía en la ciudad, al enterarse de que Jesús estaba comiendo en casa del fariseo, se presentó con un frasco de perfume.
Y colocándose detrás de él, se puso a llorar a sus pies y comenzó a bañarlos con sus lágrimas; los secaba con sus cabellos, los cubría de besos y los ungía con perfume.
Al ver esto, el fariseo que lo había invitado pensó: “Si este hombre fuera profeta, sabría quién es la mujer que lo toca y lo que ella es: ¡una pecadora!”.
Pero Jesús le dijo: “Simón, tengo algo que decirte”. “Di, Maestro!”, respondió él.
“Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios, el otro cincuenta.
Como no tenían con qué pagar, perdonó a ambos la deuda. ¿Cuál de los dos lo amará más?”.
Simón contestó: “Pienso que aquel a quien perdonó más”. Jesús le dijo: “Has juzgado bien”.
Y volviéndose hacia la mujer, dijo a Simón: “¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y tú no derramaste agua sobre mis pies; en cambio, ella los bañó con sus lágrimas y los secó con sus cabellos.
Tú no me besaste; ella, en cambio, desde que entré, no cesó de besar mis pies.
Tú no ungiste mi cabeza; ella derramó perfume sobre mis pies.
Por eso te digo que sus pecados, sus numerosos pecados, le han sido perdonados porque ha demostrado mucho amor. Pero aquel a quien se le perdona poco, demuestra poco amor”.
Después dijo a la mujer: “Tus pecados te son perdonados”.
Los invitados pensaron: “¿Quién es este hombre, que llega hasta perdonar los pecados?”.
Pero Jesús dijo a la mujer: “Tu fe te ha salvado, vete en paz”.

Hoy es fiesta de San Cornelio y San Cipriano, amigos defensores de la fe

Cada 16 de septiembre la Iglesia celebra al Papa San Cornelio (c.180-253) y al Obispo San Cipriano (c. 200-258), dos amigos en el Señor que se opusieron a las herejías y errores de los cristianos de su tiempo, y que entregaron sus vidas en el martirio.

Cornelio -cuyo nombre significa “fuerte como un cuerno”- fue el vigésimo primer papa de la Iglesia Católica. Afrontó con firmeza la herejía de Novaciano, quien proclamaba que la Iglesia no tenía poder para perdonar pecados y, por lo tanto, no podía acoger de nuevo a quienes habían cometido el pecado de apostasía. A causa de las crueles persecuciones, muchos cristianos abandonaron la fe o la apostataron por miedo a morir. Sin embargo, no eran pocos los que reconocían su falta y pedían ser admitidos de nuevo en el seno de la comunidad cristiana. El Papa Cornelio se opuso a la herejía de Novaciano, sosteniendo que Dios no negaba a nadie su perdón.

Entre quienes apoyaron al Papa Cornelio se encontraba San Cipriano -obispo con quien guardaba una amistad- que respaldó su postura contra Novaciano.

Lamentablemente, San Cornelio no sólo tuvo que sufrir por esta causa. Eran tiempos de la sangrienta persecución organizada por el emperador Decio. El Papa Cornelio fue enviado al destierro y murió decapitado en el año 253.

Cipriano, Obispo de Cartago, por su parte, sufrió también la persecución de Decio y después la del emperador Valeriano. Fue condenado a muerte por negarse a ofrecer sacrificios a los dioses y por resistirse a la prohibición de celebrar la Eucaristía y administrar sacramentos. Él, al oír su sentencia, exclamó: “Gracias sean dadas a Dios”. Fue decapitado en septiembre del año 258.

Los dos amigos, unidos en Cristo y en la misión pastoral que Él les encomendó, padecieron por causa de la fe, dejando un testimonio de fidelidad a la Verdad, sellado con su propia sangre.

 

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