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Tragarse los sapos

por Pedro Aguer para Mundo Rural 

Ya en los comienzos, después de la recuperación del Estado de Derecho, empezó a tomar entidad la expresión “es un sapo que nos tenemos que tragar”, en alusión a los personajes que eran convocados para ocupar cargos, a los que no se les reconocía la suficiente idoneidad o tenían antecedentes de no muy buena conducta. Se decía con la esperanza de que fuese ello necesario como obligado tránsito, o ineludible circunstancia, por sus supuestos aportes que ofrecían sobre todo de votos o “porotos”; con los que se ganarían las elecciones. Siendo ello motivo de negociaciones con las que trepan con sobrada habilidad, convenciendo a los caudillos, algunos de los cuales de por sí son sapos a tragar.

Era común escuchar, con resignación, que no sería para siempre. Pero evidentemente la costumbre de tragar sapos se ha afianzado. En muchos casos son figuritas repetidas los sapos que seguimos tragándonos, sin que nos hayamos preocupado por cambiarlos, ya que su profesión de batracios no ha cambiado. Muchos fueron, son y seguirán siendo “sapos” de indiscutible genética contraria a la ética, a los valores republicanos, a las prácticas de la democracia.

Los que se conforman con la actitud permisiva, no reparan en que los que sufren a esos especímenes son los ciudadanos, los que cansados de tener que soportarlos descreen de la política. De lo que son cómplices o partícipes necesarios los dirigentes que con tal de sumar unos votos aceptan que ocupen lugares destacados en las listas o una vez pasadas las elecciones los nombran en cargos de significativa importancia, indistintamente en los tres poderes. Una de las costumbres reside en rescatar a algunos por su idoneidad o capacitación técnica, siendo que abundan personas idóneas o técnicas, como para no tener que llamar a los que están reñidos con la ética.

Buena práctica debería ser que en vez de tragar sapos nos aboquemos a la tarea de abrir las puertas de los locales partidarios, con una convocatoria sincera hacia la participación sin que nadie se sienta más que nadie en la práctica de la política, con la sola salvedad de la decencia.

Entenderíamos que los personajes nefastos no son necesarios, sino que su presencia causa mucho daño, lo que la participación corregiría. En los grupos que se movilizan con determinados fines suele producirse una decantación natural, depuradora, donde los malos militantes por Motus propio se autoaíslan.

“Hoy la revolución se llama participación”, ha señalado el padre Arizmendiarrieta, quién también afirmaba que “para democratizar el poder hay que socializar el saber”. Debemos trabajar para que se recupere la confianza en la política, respecto de su utilidad para la construcción social, para lo que es ciertamente recomendable no tragarse más sapos. Pues la metafórica forma elegida para calificarlos, significa que son repugnantes. No estaría demás acotar: pobres los sapos, ¿qué culpa tienen ellos?

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