por Pedro Aguer especial para Mundo Rural
Si nuestro propósito es reparar lo destruido debemos ir acostumbrándonos a ser veraces. Cuando hablamos de lo destruido nos referimos a la ruralidad en lo educacional, por ejemplo, a la urbanidad que es presa de la inseguridad.
Debemos esforzarnos por ser creíbles. Tenernos confianza.
Necesitamos que el campo vuelva a poblarse para descongestionar los centros urbanos que además de hiperpoblados continúan creciendo sin planificación alguna, cayendo en el callejón sin salida de contaminaciones de todo tipo.
Necesitamos que la ciudad retome una marcha de orden y libertad, en armonía y paz.
Necesitamos volver a la producción familiar para crear fuentes de trabajo con cero desocupaciones.
Necesitamos incentivar la participación proponiendo acciones posibles.
Necesitamos crear escuelas que den banco a todos los niños, adolescentes y adultos que necesiten cursar su formación elemental y universidades que formen profesionales en función de las necesidades de la comunidad, con formación científica, técnica y humanística.
Necesitamos empresas industriales, de comercialización y consumo que cubran la oferta y la demanda generadas por el trabajo, único generador de riquezas.
No podemos seguir prescindiendo de los adelantos hospitalarios a los que se ha arribado revolucionado la salud en el mundo.
Lo destruido es resultado de haber dejado de hacer todo lo que se hacía en la comarca.
En nuestras aldeas había autoabastecimiento tecnológico.
Eran la cultura del trabajo.
No todo tiempo pasado fue mejor, es cierto. Seguramente todo tiempo futuro será mejor, como lo afirmaba José Ingenieros.
Es el reto de nuestro presente.
Pero algo muy importante que tenemos que dejar sentado es no competir para conquistar el presente sino compartir en el presente para construir el futuro que nos asegure vivir dignamente.
Es absolutamente posible. Pero debemos tomar conciencia para una vez convencidos convocarnos a la lucha que no será contra nadie en especial sino lisa y llanamente contra el retroceso.
Volvamos la vista para recordar todo lo que fuimos capaces de hacer. No para repetirlo sino para ver que fuimos capaces de planificar, ponernos de acuerdo para crear las condiciones objetivas de una realidad que dominemos, para salir de dónde estamos y avanzar hacia el progreso en un constante y sostenido desarrollo.
Lo podemos lograr si echamos manos a la solidaridad y nos organizamos para actuar inteligentemente.
Si alguien me dice que es utópico le respondo con la historia de las aldeas y colonias que fueron orgullo en la Argentina.
Y si alguien me dice que no sabemos organizaros le responderé que muchas cooperativas y mutuales son testimonio fidedigno de experiencias económico-sociales que contribuyeron a superar crisis que parecían terminales.
Hoy necesitamos la reparación superando egoísmos y abriendo el diálogo entre políticos y pueblo. No con fines sectoriales sino uniéndonos para reemplazar las debilidades individuales del esfuerzo propio con la fuerza imbatible de la ayuda mutua.
Bastaría recordar cuando la maestra nos enseñaba haciéndonos quebrar una cañita y luego nos pedía que quebrásemos un haz de cañitas, y podíamos lo primero pero lo segundo resultaba imposible.
La política debería orientarse a rescatar nuestras potenciales energías y encausar su accionar al despertar de un pueblo que está perdiendo mucho por culpa del individualismo. Todo cuanto nos propongamos ya ha sido ampliamente probado, no le saquemos el cuerpo entonces a intentar la reparación que nos debemos.
Y podemos.
La política debe constituirse en el vaso comunicante para pensar entre todos lo que no puede pensar uno solo. Veremos que no es utópico sino ciertamente posible encontrar los caminos adecuados. Los políticos mismos deberían reconocer cuanto podrían hacer desde la función que han elegido si en vez de sentirse iluminados se avinieran a la humildad de la participación.
Nadie mejor que el vecino sabe lo que necesita para vivir mejor, y con qué recursos cuenta el barrio para poner manos a la obra simplemente con ese objetivo.
Si encaramos la realidad con este fin y de esta manera tendremos la tranquilidad de no tener que ocultar datos indicadores, de los que no tenemos por qué avergonzarnos sino enfrentarlos con sinceridad y confiando en que los indicadores sirven para corregir, con la consigna de la reparación liberadora y emancipadora.















Es un muy buen comentario que aunque suene utópico vale la pena que lo intentemos.