Lejos de ser un cultivo aislado, la inclusión de brasicáceas (o crucíferas) en los sistemas agrícolas representa una decisión estratégica para potenciar la productividad y la sostenibilidad global del campo. En este escenario, Leonardo Coll —especialista del INTA Paraná, Entre Ríos— abordó las claves de la intensificación y diversificación agrícola bajo el lema de sumar este tipo de especies a las secuencias tradicionales.
De acuerdo con Coll, los sistemas agrícolas argentinos atraviesan un proceso constante de intensificación. La soja de primera pasó de ser mayoritaria a representar cerca del 20 al 25 % en diversas zonas, cediendo espacio a esquemas intensificados con cultivos de invierno y soja de segunda. En este escenario, ponderó “la importancia de la intensificación para construir rotaciones estables y productivas, pero también es importante la diversificación de esa secuencia”.
Los antecedentes en países vecinos como Uruguay —donde la colza llegó a ocupar una tercera parte de los cultivos de invierno— muestran cómo los rendimientos de los cultivos sucesivos crecen tras la inclusión de una brasicácea.
En la Argentina, regiones como Santa Fe, Entre Ríos y el Norte de Buenos Aires avanzan en la incorporación de estas especies en el invierno, aprovechando beneficios que van desde la menor concentración de malezas tolerantes hasta la interferencia en el ciclo de algunas enfermedades y una menor inmovilización de los nutrientes.
Frente a este escenario, Coll explicó que las crucíferas aportan ventajas ecofisiológicas decisivas, como adelantar los períodos críticos respecto al trigo tradicional. Mientras que en trigo el período crítico en zonas como Entre Ríos ocurre entre mediados de septiembre y principios de octubre, en colza o carinata prácticamente no hay superposición, lo que permite “diversificar los riesgos frente a estreses ambientales” como sequías, bajas ofertas radiativas o heladas tardías.
En el plano físico y nutricional del suelo, el especialista remarcó que las raíces de las crucíferas generan una descompactación biológica mediante canales naturales que reducen las estructuras laminares del suelo e incrementan la infiltración de agua para los cultivos posteriores.
Además, en el aspecto químico, señaló que “un rastrojo de trigo produce una inmovilización mucho más marcada que el rastrojo de una brasicácea”, debido a que la relación carbono-nitrógeno de estas últimas no es tan alta, dejando nutrientes que “rápidamente disponibles, por ejemplo, para maíz, mejoran la eficiencia del uso de todos los recursos”.

Como parte de la evaluación en redes de ensayos, Coll mostró que los rendimientos de maíz de segunda o soja de segunda sobre colza u otra brasicácea resultaron “superiores a los cultivos de trigo”.
Esto se explica tanto por la mejora en la eficiencia de uso del agua como por la liberación anticipada del lote: “Es mucho más fácil sembrar soja dentro de la ventana óptima si sembramos antes una brasicáceas que si sembramos sobre un trigo, donde la fecha de siembra del cultivo de segunda a veces nos cae dentro del período de pérdida de rendimiento”, indicó.
En este sentido, Coll explicó que el principal desafío es vencer la barrera de adopción para que los productores se animen a probar estas alternativas. “Hay que ver el sistema en sí y no tratar a los cultivos de manera individual; las crucíferas no solo tienen una alta rentabilidad propia, sino que mejoran el margen global del año, reducen el riesgo ambiental y optimizan la logística del uso de maquinaria”, concluyó.















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