Por Herminio Ludi
Mucho se alardea desde los poderes públicos, sobre la situación que atraviesa el sector campesino. Los medios oficialistas, esos a los que les gusta el rescoldo que brinda el oficialismo, no hacen otra cosa que comunicar medidas que aparecen como beneficiosas para la actividad agropecuaria, mientras que lo que ocurre realmente, es todo lo contrario, Si tenemos en cuenta que en tiempos no muy remotos, un productor, que era propietario de 150 o 200 hectáreas, aún con herramientas muy rudimentarias, podía vivir con su familia y, a la vez, dar trabajo a varios jornaleros, mientras que en la actualidad esa porción de tierra, se ha vuelto totalmente una unidad antieconómica. Si tenemos en cuenta eso, y si atendemos a que muchísima gente de campo tuvo que vender sus hermosas propiedades, sacaremos en cuenta que los medios oficialistas, y el gobierno mismo, mienten a cara descubierta sobre ese particular, como en muchas otras cuestiones de interés para la población. Nosotros, desde este ángulo, y el que habla, en todas las oportunidades que ha tenido y que tiene, ha bregado por la creación de las cooperativas de producción agropecuaria. Pues, con un sistema así en marcha, y con un contralor eficiente, sí, los productores podrían mantenerse y progresar en la cantidad de tierra que apuntábamos más arriba. Todos juntos como buenos cooperadores, no solamente retendríamos a los chacareros en sus predios, sino que, también, lograríamos hacer retornar a su terruño, a los que vendieron y se fueron a pasar más dificultades en la ciudad más cercana que encontraron.
Cuando en el título de esta columna, hablamos, tal vez groseramente, de “LAS RUINAS DEL CAMPO”, no lo hacemos en forma peyorativa, ni endilgándoles la culpa a los hombres y a las mujeres que trabajan la tierra. Todo lo contrario, lo hacemos porque, si nos metemos en el verdadero interior de nuestros campos, nos encontramos con casa vacías, o sean las taperas donde ayer moraban familias de trabajo, que tanto le dieron a la República Argentina. Hoy esos lugares están despoblados, aunque claro, las tierras están siendo cultivadas por los nuevos y afortunados dueños que compraron o arrendaron miles de hectáreas, especulando con hacer allí su porvenir. Y, de paso asegurándoles suculentas herencias para sus descendientes.
Pero cuando hablamos de las ruinas del campo, no nos estamos refiriendo solamente a las casas abandonadas que, obligados por las dificultades económicas, dejaron sus antiguos y laboriosos cultivadores de esas nobles tierras. En esa fea expresión, involucramos, también, al estado calamitoso de muchos caminos de tierra. Pues, hay calles que ayer fueron sumamente transitadas, y que hoy, no solamente se han vuelto intransitables, sino que esos nuevos propietarios las han cerrado y las han agregado a sus chacras. Recorramos esos lugares para que tengamos ese desolador panorama. Quiero decir – y es fácil entenderlo – que esa gente está usufructuando de esas tierras (las calles cerradas) como si fuesen de su propiedad. En buen romance, digamos que son arrendatarios del estado, sin pagar un solo peso por la ocupación indebida de esas tierras, que están llevando a cabo.
Por eso, se impone como una necesidad impostergable, que el estado (vialidad nacional y provincial) tome cartas en el asunto. Primero, no permitiendo esa ocupación fuera de la ley, y luego buscándole solución a las hoy intransitables calles de tierra donde no se encuentra ni una sola motoniveladora, y donde, en los cauces, o sea en el lecho de algunos pasos, en arroyos profundos, hay una calzada sumergible que se ha construido hacen varias décadas atrás. Todavía se encuentran en esos pasos, restos de puentes que fueron arrasados por las fuertes correntadas cuando la lluvia cae torrencialmente. También suelen verse pozos en las alcantarillas; aquellas que se construían con chapas que tienen una forma cilíndrica, y son onduladas para que resistan más el peso de los vehículos que todavía, a pesar de todo, circulan por esas calles de Dios. Además, es dable encontrar tubos de hormigón armado que, también, servían de alcantarillas, tirados a la vera de los pasos donde, antaño, fueron colocados. Los yuyos (no la soja, eh!), en repetidos lugares, tapan la visual de los transeúntes. Esto parece una ironía, dado que en muchos de esos sitios, anda muy poca gente. Y si anda poca gente, es, precisamente, por el mal estado de los caminos
Por fin, el título que hemos elegido para la columna del día de hoy, no es desacertado. Empezamos y seguimos poniendo la cara en beneficio del campo, de los pequeños chacareros, de esos hombres y de esas mujeres que cinchan para que el país funcione mejor. ¡Pequeños chacareros hemos dicho! Y sí, porque ese fue, y tendrá que volver a ser – cuando muchos vuelvan al campo – el motor que saque a la Argentina del atolladero en el que estamos en esta década perdida.
VIALE, jueves 10/10/2013. HERMINIO ENRIQUE LUDI. Para “MUNDO RURAL”















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