por Herminio Ludi
La tan útil y necesaria tierra, está costando, desde hacen algunos años a ésta parte, mucho más de lo que vale, porque no es lo mismo costar que valer. En estos momentos, en cualquier lugar que elijamos, una hectárea de tierra, cuesta hasta cincuenta mil pesos. Y, si tenemos en cuenta los, aproximadamente veinte quintales que está rindiendo el trigo – por ejemplo hoy en día – y si ese cereal se vende a, alrededor de ciento ochenta pesos, obtendremos como resultado, que cada hectárea de esas tierras que cuestan cincuenta mil pesos, nos dan tres mil seiscientos pesos por cosecha de ese precioso cultivo. ¿Cuántas cosechas de trigo tenemos que levantar, para pagar una hectárea de tierra donde hemos sembrado ese invalorable trigo? Tenemos que pensar en recoger casi catorce cosechas para cubrir el valor de una hectárea de tierra.
Por otra parte, y como lo hemos repetido por enésima vez, los productores del campo, no tienen sus pocas hectáreas para comercializarlas, pues ellos no son una inmobiliaria; son auténticos chacareros que poseen esos predios para trabajar allí y vivir allí, con la sana y patriótica intención de adquirir algunas hectáreas más, para cedérselas a sus hijos en propiedad. ¿Qué productor del campo, puede hoy, cultivando sus 150 o 200 hectáreas, adquirir otras 100 (hectáreas), si esa operación comercial, le demanda, alrededor de 5 millones de pesos? ¡Ninguno, absolutamente ninguno. Solamente los muy adinerados, con fortunas traídas, a veces extra campo, son los que están con posibilidades de comprar esas tierras, mientras que los muchachos que saben de ese difícil, pero a la vez, hermoso trabajo, tienen que emigrar a las ciudades vecinas: Allí se instalan sin un destino muy cierto, ni tan seguro. Pues aquél efecto de los altos costos de las tierras, repercute también en los centros poblados, haciendo que un terrenito de escasas dimensiones, les cueste “un ojo de la cara”. Allí quieren edificar o comprar su casita propia, y el dinero nunca les alcanza por las razones ya apuntadas.
Vienen, entonces, los hacinamientos en las ciudades, la despoblación del campo, porque el éxodo rural se hace inevitable. Los campos de los auténticos productores fueron (y son) comprados por los terratenientes especuladores, que adquieren esas miles y miles de hectáreas, para – como queda dicho – la especulación, pensando en el futuro, pensando en el agua, pensando en sus herederos, como no lo dejaron pensar al humilde chacarero, aquél que se vio obligado (o se tentó) por los altos valores que los de afuera le ofrecieron (y le ofrecen) por sus preciosas tierras. Empero, el efecto reductor del hombre de campo, no se muestra solamente en lo ya señalado. Sucede que esta desgraciada situación hace aumentar la abultada desocupación, dado que si las tierras están bien distribuidas, allí trabajan familias enteras, como así también algunos jornaleros. En cambio, hoy, con los campos en manos de unos pocos afortunados, están allí algunos pocos peones, mal pagados para colmo, y sus dueños, muchas veces, ni siquiera se encuentran radicados en la Argentina. Y, siguiendo con la desocupación que todo este embrollo produce, tenemos que agregar que ese amontonamiento de personas en las ciudades, es otro generador de desempleados.
Pero no termina ahí la cuestión, pues, sabido es que existe un déficit habitacional que asombra. Hete aquí que, cuando una empresa cooperativa o mutual, o el gobierno mismo, intenta darle solución a ese delicado asunto, no se encuentran los sitios disponibles para construir las viviendas respectivas. Cuando no, el que los posee, y podría facilitar la solución buscada, pretende, por sus terrenos, precios que están lejos de valer. Pero él los hace costar, aprovechándose de la apremiante situación que vive quien no tiene su techo propio. Aquí pues, aquello del comienzo de esta columna: LAS TIERRAS CUESTAN MUCHO MÁS DE LO QUE VALEN. Esto, que no es una simple metáfora porque responde a una triste realidad, es un problema que los gobernantes tendrían que resolver en muy corto plazo. Se hace imperiosa, entonces, la necesidad de que las tierras, tanto sean para la producción agrícola-ganadera, como para la construcción de viviendas, se ubiquen en valores accesibles. Y de esto, no achacamos a los dueños de pocas hectáreas en pleno campo, dado que los descarnadores venidos de afuera son los que han hecho subir los precios “por las nubes”. En cambio sí, culpamos a los que poseen, en las ciudades, terrenitos por aquí, terrenitos por allá, y no se avienen a venderlos, o piden disparates con ese mismo fin, o sea no desprenderse de esos bienes, sin advertir (o advirtiendo aún) que su conducta mezquina conspira contra el progreso de los pueblos donde ellos mismo viven.
¡Hay que abaratar el costo de las tierras, para así lograr el regreso de los auténticos trabajadores del campo, y para posibilitar, en los centros poblados, la construcción de tantas viviendas como nos hacen falta.
VIALE, 28/11/2013. HERMINIO ENRIQUE LUDI. Columna para “MUNDO RURAL”.














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