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Dialogar con el campo es un imperativo ineludible

por Pedro Aguer 

Una cosa es producir más para vender más, otra es producir mejor para vivir mejor.

Lo primero es el lucro como único objetivo. Lo segundo es la producción racional sobre las necesidades sentidas de un pueblo.

Para aquello, con los adelantos tecnológicos alcanza y sobra. Para esto es imprescindible la tecnología al servicio del hombre.
Desde el Estado pareciera inalcanzable establecer una política social agraria.

Muchos factores confluyen para que resulte imposible.

Sin embargo es poco lo que falta para que nos aboquemos a tratar este tema, fundamentalmente para frenar el éxodo y para que vivir trabajando la tierra sea tan digno y rentable como cualquier otra actividad industrial.

Se puede vivir en el campo disfrutando de confort pero para ello hay que empezar por dejar sentado que la tierra debe ser para el que la trabaja.

Existen organizaciones solidarias que están preparadas y cuya doctrina contiene todo lo necesario para actuar en consecuencia, me refiero específicamente a las cooperativas y a las sociedades rurales y organizaciones sindicales.

Pero existen también los organismos estatales que deberían ocuparse de esto con mayor ahínco y responsabilidad.

Existen las carreras de nivel secundario, terciario y universitario directamente ligadas a la ruralidad.

¿Qué nos falta entonces?

No quedan dudas de que lo que está faltando es aunar criterios en torno a una política social agraria.

No ya más programas desde los escritorios, cuyas propuestas teóricas están cargadas de supuestos, y por lo general alejadas de la realidad.

No hay que seguir improvisando y tampoco programar a largo plazo (EL MERCADO ES CAMBIANTE MINUTO A MINUTO), sino convocando a los protagonistas directos a intervenir en el debate; son ellos, los integrantes de las familias campesinas, los que deberían tener la palabra, para poder coordinar líneas de producción, industrialización y de comercialización, concordantes con el consumo interno y con las posibilidades del comercio exterior.

Las industrias rurales que otrora garantizaban el abastecimiento de las ciudades y estabilidad a quienes trabajaban la tierra, deben ser estrella polar para entender que si antes se podía sin el adelanto tecnológico, ahora se puede retomar el progreso con la seguridad de que trabajar la tierra es más promisorio aún. El conocimiento científico y las posibilidades tecnológicas tienen una incidencia importantísima, pero depende de al servicio de quién operen.

El cooperativismo es una alternativa válida.

Las cooperativas rurales que faltan, sumadas a las existentes, pueden en conjunto transformar la situación.

El Doctor Bernardino Horne tenía un proyecto de Transformación Agraria, sustentado por el conocimiento de la economía y de la sociología rural que lo caracterizaba.

Nada costaría recurrir a su propuesta para ver cuánto es posible realizar desde el campo. Está en Internet.

No es necesario que nos digan lo que tenemos que hacer desde afuera. Podemos y debemos resolverlo entre nosotros.

La producción no tiene que seguir siendo lo que podemos exportar solamente sino lo que necesita nuestro pueblo para alimentarse saludablemente, en concordancia con los requerimientos de la modernidad.

Si se toma este asunto como política de estado, como les gusta decir a los políticos, y se abre un diálogo sin intereses creados, con la participación de todos los sectores de la producción, de la educación y de la vida que interactúan en la cuestión rural, podremos potencializar una salida a este laberinto, que los gobiernos no han sabido resolver, menos aún si lo plantean como si se tratara de un antagonismo insuperable.

La ciudad y el campo no son enemigos y no tienen sino que coexistir. Es responsabilidad de los gobiernos abordar la cuestión interdisciplinariamente y con sentido patriótico. Es hora de dejar a un lado lo que desune y avanzar con las coincidencias, que sin dudas son más que las imaginadas, en torno a una dinámica de coyuntura con vistas a la sustentabilidad de un desarrollo social, que será posible en la medida de la capacidad que pongamos para que prime la generosidad y la transparencia respecto de los aportes en tal sentido. Esto no se consigue con amenazas sino en la fuente de la cordialidad y del diálogo.

Pedro Aguer

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