“En el cielo nos quedaremos gratamente sorprendidos al conocer todo lo que María Auxiliadora ha hecho por nosotros en la tierra”, solía decir San Juan Bosco, fundador de la familia salesiana, y el más grande difusor del amor a la Madre de Dios bajo esta advocación.
En el mismo siglo, hacía el año 733, San Germán de Constantinopla escribió este bello texto, en plena coincidencia con el Damasceno: “Oh María, tú eres poderosa Auxiliadora de los pobres, valiente Auxiliadora contra los enemigos de la fe. Auxiliadora de los ejércitos para que defiendan la patria. Auxiliadora de los gobernantes para que nos consigan el bienestar, Auxiliadora del pueblo humilde que necesita de tu ayuda”. Estas bellas líneas constituyen en sí mismas una oración filial.
María, Auxilio de los cristianos
Más de dos siglos después, en tiempos de Napoleón, el Papa Pío VII (1742-1823) fue apresado por órdenes del “emperador” francés. El Pontífice pidió el auxilio de María para superar la terrible situación que se había suscitado -una Iglesia secuestrada por el poder imperial-, prometiéndose que, una vez recuperada su libertad, decretaría una nueva fiesta mariana para la Iglesia Católica.
Una vez producida la caída de Napoleón, el Santo Padre retorna triunfante a la sede pontificia el 24 de mayo de 1814 y decreta que, a partir de entonces, esa fecha sea destinada para celebrar la fiesta de María Auxiliadora.
Por esta razón el santo italiano iniciaría la construcción de dos “monumentos”: uno físico, que es la Basílica de María Auxiliadora en Turín; y uno “vivo”, conformado por las religiosas que integran el Instituto de las Hijas de María Auxiliadora.
¡Acógete a la Madre que siempre nos auxilia!
San Juan Bosco solía educar a los jóvenes contándoles historias en las que él y muchos otros fieles devotos de la Auxiliadora habían obtenido grandes favores del Cielo. Los medios por excelencia para obtener esas gracias -decía el santo- son el rezo de la novena a María Auxiliadora y la repetición constante de la jaculatoria de San Juan Damasceno.
“Confiad siempre en Jesús Sacramentado y María Auxiliadora y veréis lo que son milagros”, afirmaba, sin reparos, el padre fundador de los salesianos.
La Virgen María y el campo
Desde tiempos coloniales, el hombre de campo ha depositado su fe en una figura protectora que interceda ante Dios por el cuidado de sus tierras. Era costumbre invocar esa protección divina para asegurar buenas cosechas, y también para pedir auxilio ante las sequías, las plagas, las enfermedades o cualquier adversidad que amenazara la fertilidad del suelo.
Con el paso del tiempo, esta práctica fue cobrando fuerza hasta que, en 1949, durante la Fiesta del Colono realizada en Rosario, Santa Fe, los productores rurales expresaron al entonces presidente Juan Domingo Perón su deseo de contar con una figura religiosa que representara al sector agropecuario en todo el país.
Así fue como eligieron a María Auxiliadora como patrona del agro argentino, reconociendo en ella una presencia cercana y protectora, capaz de acompañar el trabajo de quienes cultivan la tierra y alimentan a la Nación. Desde entonces, María Auxiliadora no sólo es un símbolo de fe, sino también de identidad para los hombres y mujeres del campo.
Fuente ACI y Mundo Rural















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