Dios en la Tierra

Hoy el santoral recuerda a San Roque, Santa Gertrudis y Santa Margarita

16 de noviembre. Martes de la trigésimo tercera semana del Tiempo Ordinario. El santoral recuerda Santa Margarita de Escocia, Santa Gertrudis y San Roque.

Segundo Libro de Macabeos 6,18-31.

Eleazar, uno de los principales maestros de la Ley, de edad muy avanzada y de noble aspecto, fue forzado a abrir la boca para comer carne de cerdo.
Pero él, prefiriendo una muerte honrosa a una vida infame, marchó voluntariamente al suplicio,
después de haber escupido la carne, como deben hacerlo los que tienen el valor de rechazar lo que no está permitido comer, ni siquiera por amor a la vida.
Los que presidían este banquete ritual contrario a la Ley, como lo conocían desde hacía mucho tiempo, lo llevaron aparte y le rogaron que hiciera traer carne preparada expresamente para él y que le estuviera permitido comer. Asimismo le dijeron que fingiera comer la carne del sacrificio, conforme a la orden del rey.
Obrando de esa manera, se libraría de la muerte y sería tratado humanitariamente por su antigua amistad con ellos.
Pero él, tomando una noble resolución, digna de su edad, del prestigio de su vejez, de sus veneradas canas, de la vida ejemplar que había llevado desde su infancia y, sobre todo, de la santa legislación establecida por Dios, se mostró consecuente consigo mismo, pidiendo que lo enviaran de inmediato a la morada de los muertos.
“A nuestra edad, decía, no está bien fingir. De lo contrario, muchos jóvenes creerán que Eleazar, a los noventa años, se ha pasado a las costumbres paganas.
Entonces también ellos, a causa de mi simulación y de mi apego a lo poco que me resta de vida, se desviarán por culpa mía, y yo atraeré sobre mi vejez la infamia y el deshonor.
Porque, aunque ahora me librara del castigo de los hombres, no podría escapar, ni vivo ni muerto, de las manos del Todopoderoso.
Por eso, me mostraré digno de mi vejez entregando mi vida valientemente.
Así dejaré a los jóvenes un noble ejemplo, al morir con entusiasmo y generosidad por las venerables y santas leyes”. Dicho esto, se encaminó resueltamente al suplicio.
Al oír estas palabras, que consideraban una verdadera locura, los que lo conducían cambiaron en crueldad la benevolencia que antes le habían demostrado.
Pero él, a punto ya de morir bajo los golpes, dijo entre gemidos: “El Señor, que posee el santo conocimiento, sabe muy bien que, pudiendo librarme de la muerte, soporto crueles dolores en mi cuerpo azotado; pero mi alma los padece gustosamente por temor a él”.
De este modo, Eleazar dejó al morir, no sólo a los jóvenes, sino a la nación entera, su propia muerte como ejemplo de generosidad y como recuerdo de virtud.

Salmo 3,2-3.4-5.6-7.

Señor, ¡qué numerosos son mis adversarios,
cuántos los que se levantan contra mí!
¡Cuántos son los que dicen de mí:
“Dios ya no quiere salvarlo”!

Pero tú eres mi escudo protector y mi gloria,
tú mantienes erguida mi cabeza.
Invoco al Señor en alta voz
y él me responde desde su santa Montaña.

Yo me acuesto y me duermo,
y me despierto tranquilo
porque el Señor me sostiene.
No temo a la multitud innumerable,

apostada contra mí por todas partes.

Evangelio según San Lucas 19,1-10.

Jesús entró en Jericó y atravesaba la ciudad.
Allí vivía un hombre muy rico llamado Zaqueo, que era jefe de los publicanos.
El quería ver quién era Jesús, pero no podía a causa de la multitud, porque era de baja estatura.
Entonces se adelantó y subió a un sicomoro para poder verlo, porque iba a pasar por allí.
Al llegar a ese lugar, Jesús miró hacia arriba y le dijo: “Zaqueo, baja pronto, porque hoy tengo que alojarme en tu casa”.
Zaqueo bajó rápidamente y lo recibió con alegría.
Al ver esto, todos murmuraban, diciendo: “Se ha ido a alojar en casa de un pecador”.
Pero Zaqueo dijo resueltamente al Señor: “Señor, voy a dar la mitad de mis bienes a los pobres, y si he perjudicado a alguien, le daré cuatro veces más”.
Y Jesús le dijo: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa, ya que también este hombre es un hijo de Abraham,
porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido”.

Hoy celebramos a San Roque, cuyo corazón habló a los que lo mataron

Cada 16 de noviembre la Iglesia celebra a San Roque González de Santa Cruz, sacerdote jesuita, mártir y primer santo paraguayo.

San Roque nació en Asunción, Paraguay, en 1576. A los 22 años fue ordenado sacerdote y posteriormente nombrado párroco de la Catedral de Asunción. En 1609 ingresó a la Compañía de Jesús y unos años después, el 25 de marzo de 1615, fundó la reducción de Nuestra Señora de la Anunciación de Itapúa (actual ciudad argentina de Posadas), la que sería posteriormente trasladada a la ciudad paraguaya de Encarnación. Debido a esto San Roque González es considerado el fundador y patrono de ambas ciudades.

A lo largo de su vida misionera, Roque fundó otras reducciones, las que también dieron origen a ciudades actuales de Brasil, Argentina y Paraguay. El padre Roque hizo de la Virgen María la guía y protectora de su obra evangelizadora. Siempre llevaba un cuadro de la Madre de Dios consigo y predicaba con él al frente, o recorría los caminos llevándolo en las manos, algo que producía la admiración de los indígenas, quienes, conmovidos por la maternal figura de la Madre de Dios, solían abrir el corazón a Dios y a la fe.

Sin embargo, no todos fueron receptivos al anuncio del Evangelio ni a las propuestas de los jesuitas. En la zona de Ijuí, el cacique Ñezú, jefe de la tribu guaraní del lugar, rechazaba la idea de una reducción y terminó enfrentándose al padre Roque. El día 15 de noviembre de 1628, los encargados de la reducción -padre Roque González de Santa Cruz y el padre español Alonso Rodríguez Olmedo- fueron asesinados. Sus verdugos utilizaron un hacha de piedra para lograr su nefasto objetivo. La misma suerte corrió el jesuita Juan del Castillo, también español, dos días después. Los cuerpos del padre Roque y el padre Alonso fueron arrojados al fuego. Milagrosamente el corazón de San Roque quedó intacto mientras el resto de su cuerpo se redujo a cenizas. Al ser recogido por un grupo de indígenas, de acuerdo a los testimonios posteriores, algunos de ellos escucharon una voz que provenía del corazón del santo, que los llamaba al arrepentimiento.

Poco después, el corazón de San Roque fue recuperado por los jesuitas, quienes corroboraron sorprendidos que este se mantenía en perfecto estado. Como el tiempo pasó y el corazón se mantenía incorrupto, fue llevado a Roma junto al hacha de piedra con la que el grupo de misioneros jesuitas fue martirizado. Actualmente, el corazón de San Roque y el hacha se encuentran en la Capilla de los Mártires, en el Colegio de Cristo Rey en Asunción (Paraguay).

En 1988, San Juan Pablo II, durante su visita a Paraguay, canonizó a San Roque Gonzáles, y a los españoles San Alfonso Rodríguez y San Juan Del Castillo; todos ellos mártires jesuitas en tierras americanas.

“Ni los obstáculos de una naturaleza agreste, ni las incomprensiones de los hombres, ni los ataques de quienes veían en su acción evangelizadora un peligro para sus propios intereses, fueron capaces de atemorizar a estos campeones de la fe. Su entrega sin reservas los llevó hasta el martirio”, destacó el Papa Peregrino en aquella ocasión.

Hoy también celebramos a Santa Margarita de Escocia, reina y madre de familia

Santa Margarita de Escocia nació en Hungría por el 1046, cuando su familia se encontraba exiliada por la invasión danesa de Inglaterra y por ello creció en la corte del rey San Esteban.

A los 11 años, San Eduardo “el confesor”, hermanastro de su padre, se hizo del trono inglés. La familia pudo retornar al país, pero debido al conflicto entre ingleses y daneses y como su papá murió por muerte natural, entonces tuvieron que vivir en Escocia.

A los 24 años se casó con el entonces rey de Escocia, Malcom III, con quien tuvo ocho hijos. La reina era sabia y con cierta cultura por lo que transformó la corte del esposo con el ejemplo en la caridad.

Todos los días la Santa daba de comer a los pobres y a algunos de ellos les lavaba los pies. Se preocupó por la educación de su pueblo y muchas veces agotó el tesoro real para socorrer a los necesitados.

Educó a sus hijos con los valores cristianos e influyó en la Iglesia de Escocia. Hizo convocar a un concilio en ese territorio que extirpó ciertos ritos paganos que se realizaban en plena celebración Eucarística.

Santa Margarita tuvo una intensa vida de oración, participaba de varias Misas diarias y practicaba la austeridad. Pedía que le dijeran sus defectos para corregirlos, repartía limosnas, rescataba a los prisioneros ingleses detenidos en Escocia, cuidaba a los viajeros y construía monasterios, iglesias y albergues.

En 1093 su esposo Malcom III con sus hijos Eduardo y Edgardo se fueron a la batalla para recuperar un castillo y fallecieron el monarca con su primogénito. La Santa durante ese tiempo enfermó y al regreso de su hijo Edgardo, Margarita agradeció a Dios por la paciencia para soportar tantas desgracias juntas.

Le ofreció todo su dolor a Dios y partió a la Casa del Padre el 16 de noviembre de 1093. Se dice que al fallecer, su rostro recuperó la calma, el color y la belleza que había tenido.

Hoy es la fiesta de Santa Gertrudis, patrona de las personas místicas

Cada 16 de noviembre se celebra la fiesta de Santa Gertrudis, vidente del Sagrado Corazón de Jesús y patrona de los místicos.

Santa Gertrudis nació el 6 de enero de 1256 en Eisleben (Alemania). A los cinco años fue enviada a formarse al monasterio benedictino de Helfta, donde su hermana, Santa Matilde de Ringelheim, fue su abadesa y maestra. Allí, Gertrudis se hizo amiga de Santa Mechtilde (Matilde) de Hackeborn, otra ferviente devota del Corazón de Jesús.

Muchos siglos antes de que Cristo se le apareciera a Santa María Margarita de Alacoque, cuyas visiones datan del s. XVII, Santa Gertrudis tuvo experiencias místicas del Sagrado Corazón de Jesús.

En la vida cotidiana, Gertrudis era testimonio de caridad y benevolencia, una mujer muy sencilla y generosa, habituada a la comunión frecuente y a pedir constantemente la intercesión de San José. Dios le concedió enormes gracias, como haber tenido dos visiones diferentes en las que reclinaba la cabeza sobre el pecho de Jesús, y pudo oír los latidos de su corazón.

Otras muchas revelaciones particulares también tuvo la santa. En una ocasión se le apareció el apóstol San Juan, el discípulo amado, a quien preguntó por qué, habiendo recostado primero la cabeza sobre el pecho del Señor en la Última Cena, no había escrito nada sobre el Corazón de Jesús.

El Evangelista le respondió que la revelación del Sagrado Corazón de Jesús estaba reservada para tiempos posteriores, cuando el corazón del mundo se haya enfriado de tal forma que necesite ser reavivado en el amor.

A Santa Gertrudis se le atribuyen cinco libros que conforman el “Heraldo de la amorosa bondad de Dios”, o, también llamados, las “Revelaciones de Santa Gertrudis”. El primero lo escribieron amigos cercanos de la santa, bajo su dirección, mientras que el segundo lo hizo ella misma, aunque siempre con ayuda. En ellos están registradas sus experiencias místicas y enseñanzas en torno al sentido del sufrimiento -“la adversidad es el anillo espiritual que sella los esponsales con Dios”- o de la unión espiritual con Cristo, a través de su corazón. También se atribuyen a Santa Gertrudis algunas oraciones difundidas durante el siglo XVII, aunque no hay certeza absoluta sobre su real autoría.

Después de haber padecido un largo periodo de enfermedad -alrededor de 10 años-, Santa Gertrudis partió a la presencia de Dios el 17 de noviembre de 1301 (cir. 1302). El Papa Clemente XII oficializó el 16 de noviembre como el día dedicado a la celebración de su fiesta en toda la Iglesia Católica.

Oración por las almas del purgatorio

(El Señor le dijo a Santa Gertrudis que con esta oración podría liberar mil almas del purgatorio cada vez que la rezara).

Padre eterno, yo te ofrezco la preciosísima sangre de tu Divino Hijo Jesús, en unión con las Misas celebradas hoy día a través del mundo por todas las benditas ánimas del purgatorio por todos los pecadores del mundo. Por los pecadores en la Iglesia universal, por aquellos en propia casa y dentro de mi familia. Amén.

 

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