Dios en la Tierra

Hoy es el día de la Virgen del Rosario de San Nicolás

25 Septiembre. Viernes de la vigésimoquinta semana del Tiempo Ordinario. El santoral además recuerda a San Fermín de Amiens y al  Beato Pedro Bengoa Aranguren.

Libro de Eclesiastés 3,1-11.

Hay un momento para todo y un tiempo para cada cosa bajo el sol:
un tiempo para nacer y un tiempo para morir, un tiempo para plantar y un tiempo para arrancar lo plantado;
un tiempo para matar y un tiempo para curar, un tiempo para demoler y un tiempo para edificar;
un tiempo para llorar y un tiempo para reír, un tiempo para lamentarse y un tiempo para bailar;
un tiempo para arrojar piedras y un tiempo para recogerlas, un tiempo para abrazarse y un tiempo para separarse;
un tiempo para buscar y un tiempo para perder, un tiempo para guardar y un tiempo para tirar;
un tiempo para rasgar y un tiempo para coser, un tiempo para callar y un tiempo para hablar;
un tiempo para amar y un tiempo para odiar, un tiempo de guerra y un tiempo de paz.
¿Qué provecho obtiene el trabajador con su esfuerzo?
Yo vi la tarea que Dios impuso a los hombres para que se ocupen de ella.
El hizo todas las cosas apropiadas a su tiempo, pero también puso en el corazón del hombre el sentido del tiempo pasado y futuro, sin que el hombre pueda descubrir la obra que hace Dios desde el principio hasta el fin.

Salmo 144(143),1a.2abc.3-4.

Bendito sea el Señor, mi Roca,
él es mi bienhechor y mi fortaleza,
mi baluarte y mi libertador;
él es el escudo con que me resguardo.

Señor, ¿qué es el hombre para que tú lo cuides,
y el ser humano, para que pienses en él?
El hombre es semejante a un soplo,
y sus días son como una sombre fugaz.

Evangelio según San Lucas 9,18-22.

Un día en que Jesús oraba a solas y sus discípulos estaban con él, les preguntó: “¿Quién dice la gente que soy yo?”.
Ellos le respondieron: “Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los antiguos profetas que ha resucitado”.
“Pero ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy yo?”. Pedro, tomando la palabra, respondió: “Tú eres el Mesías de Dios”.
Y él les ordenó terminantemente que no lo dijeran a nadie.
“El Hijo del hombre, les dijo, debe sufrir mucho, ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser condenado a muerte y resucitar al tercer día”.

Amén

Día de la Virgen del Rosario de San Nicolás: ¿por qué es el 25 de septiembre?

Todo comenzó en San Nicolás, localidad ubicada a 240 kilómetros de la Capital Federal, el 25 de septiembre de 1983. Ese día, Gladys Motta vivió una experiencia mística con la Virgen María del Rosario que cambió para siempre el rumbo de su vida y el de la comunidad religiosa en nuestro país.

Aquel día, Motta comenzó a rezar en uno de los cuartos de su casa. Y en ese momento, según su testimonio, apareció la Virgen del Rosario.

La imagen le hizo un gesto para que acerque y le dijo: “cerca tuyo quiero estar, el agua es una bendición. Soy la patrona de este lugar y me harán un santuario. Cumplid mi palabra”.

La casa de Gladys Motta, ubicada en Figari 122, está muy cerca de la costa de San Nicolás. De ahí la referencia al agua por parte de la Virgen.

Por otro lado, la historia de Motta tiene varias particularidades y hechos destacados. Es madre de dos hijas, y en el momento de la aparición sólo había terminado cuarto grado de la escuela primaria. Y tampoco tenía una sólida formación teológica o religiosa.

Lo suyo era la fe en Dios y en la Virgen.

Como en otras apariciones, por ejemplo la de la Virgen en Medjugorje, Bosnia-Herzegovina, o la de Lourdes, en Francia, no fue necesario ningún conocimiento para que la imagen elija a sus interlocutores. Más bien todo lo contrario: cuanto más lejos estén de cualquier tipo de saber y formación intelectual sofisticada, mejor.

Gladys Motta y los mensajes de la virgen de San Nicolás
Desde 1983 Motta recibió miles de mensajes ininterrumpidos que fueron estudiados por teólogos de varios países. Todos llegaron a la conclusión que cada mensaje se ajustó a lo que se denomina ortodoxia doctrinaria y que era imposible que los haya escrito alguien que, como Gladys, sólo fue escolarizada hasta cuarto grado.

Además, existió otra situación que convocó mucha atención. Motta comunicó que tuvo una visión de un templo y brindó varias precisiones arquitectónicas que, según ella, habrían sido señaladas por la Virgen.

Luego la interlocutora elegida por la Virgen tuvo estigmas, heridas sangrantes que evocan la crucifixión de Jesús, en las muñecas y en varias partes de su cuerpo. Fue estudiada por psicólogos para descartar cualquier somatización, y los especialistas llegaron a la conclusión que no tenía ninguna patología psiquiátrica.

El “campito” y la construcción del templo

El predio conocido como “el campito” fue donado por el municipio de San Nicolás en 1985. Y en ese espacio se realizaron multitudinarias peregrinaciones marianas.

El 13 de octubre de 1987 comenzó la primera etapa de la construcción del santuario donde se entronizó la imagen de María del Rosario. En 1990 comenzó la segunda etapa y siguieron varias más.

Fe sin límites para agradecer a la Virgen de San Nicolás

Finalmente, en 2014, se terminó la construcción del templo que cobija a la virgen del Rosario de San Nicolás. Y a pocos metros de allí sigue la casa donde vive Gladys Motta quien, cada 25 de septiembre, recibe miles de mensajes de los fieles.

Cada uno de ellos espera que a través suyo le lleguen de manera más directa sus pedidos a la Virgen de San Nicolás.

Hoy la Iglesia celebra a San Carlos de Sezze

Nació en 1620 en el pueblo italiano de Sezze. De familia pobre, cuando empezó a asistir a la escuela, un día por no dar una lección, el maestro le dio una paliza tan soberana que lo mandó a cama. Entonces los papás lo enviaron a trabajar en el campo y allá pensaba vivir para siempre.

Pero sucedió que un día una bandada de aves espantó a los bueyes que Carlos dirigía cuando estaba arando, y estos arremetieron contra él con gravísimo peligro de matarlo. Cuando sintió que iba a perecer en el accidente, prometió a Dios que si le salvaba la vida se haría religioso. Y milagrosamente quedó ileso, sin ninguna herida.

Entonces otro día al ver pasar por allí unos religiosos franciscanos les pidió que le ayudaran a entrar en su comunidad. Ellos lo invitaron a que fuera a Roma a hablar con el Padre Superior, y con su recomendación se fue allá con tres compañeros más.

El superior para probar si en verdad tenían virtud, los recibió muy ásperamente y les dijo que eran unos haraganes que sólo buscaban conseguirse el alimento gratuitamente, y los echó para afuera. Pero ellos se pusieron a comentar que su intención era buena y que deberían insistir. Y entraron por otra puerta del convento y volvieron a suplicar al superior que los recibiera. Este, haciéndose el bravo, les dijo que esa noche les permitía dormir allí como limosneros pero que al día siguiente tendrían que irse definitivamente. Los cuatro aceptaron esto con toda humildad, pero al día siguiente en vez de despacharlos les dijeron que ya habían pasado la prueba preparatoria y que quedaban admitidos como aspirantes.

Un día lo nombraron portero del convento y admitía a todo caminante pobre que pidiera hospedaje en las noches frías. Y repartía de limosna cuanto la gente traía. Al principio el superior del convento le aceptaba esto, pero después lo llamó y le dijo: “De hoy en adelante no admitiremos a hospedarse sino a unas poquísimas personas, y no repartiremos sino unas pocas limosnas, porque estamos dando demasiado”. Él obedeció, pero sucedió entonces que dejaron de llegar las cuantiosas ayudas que llevaban los bienhechores. El superior lo llamó para preguntarle: “¿Cuál será la causa por la que han disminuido tanto las ayudas que nos trae la gente?”

“La causa es muy sencilla –le respondió el hermano Carlos-. Es que dejamos de dar a los necesitados, y Dios dejó de darnos a nosotros. Porque con la medida con la que repartamos a los demás, con esa medida nos dará Dios a nosotros”. Desde ese día recibió permiso para recibir a cuanto huésped pobre llegara, y de repartir las limosnas que la gente llevaba, y Dios volvió a enviarles cuantiosas donativos.

Las personas le pedían que redactara algunas normas para orar mejor y crecer en santidad. El lo hizo así y permitió que le publicara el folleto. Esto le trajo terribles regaños y casi lo expulsan de la comunidad. El pobre hombre no sabía que para esas publicaciones se necesitan muchos permisos. Humillado se arrodilló ante un crucifijo para contarle sus angustias, y oyó que Nuestro Señor le decía: “Animo, que estas cosas no te van a impedir entrar en el paraíso”.

La petición más frecuente del hermano Carlos a Dios era esta: “Señor, enciéndeme en amor a Ti”. Y tanto la repitió que un día durante la elevación de la santa hostia en la Misa, sintió que un rayo de luz salía de la Sagrada Forma y llegaba a su corazón. Desde ese día su amor a Dios creció inmensamente.

Al fin los superiores se convencieron de que este sencillo religioso era un verdadero hombre de Dios y le permitieron escribir su autobiografía y publicar dos libros más, uno acerca de la oración y otro acerca de la meditación.

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