Dios en la Tierra

Hoy se conmemora a Santa María Francisca de las 5 llagas, religiosa que recibió los estigmas

21 Marzo. Lunes de la 3ª semana de Cuaresma. El santoral recuerda a Santa María Francisca. Evangelio de hoy.

Segundo Libro de los Reyes 5,1-15a.

Naamán, general del ejército del rey de Arám, era un hombre prestigioso y altamente estimado por su señor, porque gracias a él, el Señor había dado la victoria a Arám. Pero este hombre, guerrero valeroso, padecía de una enfermedad en la piel.
En una de sus incursiones, los arameos se habían llevado cautiva del país de Israel a una niña, que fue puesta al servicio de la mujer de Naamán.
Ella dijo entonces a su patrona: “¡Ojalá mi señor se presentara ante el profeta que está en Samaría! Seguramente, él lo libraría de su enfermedad”.
Naamán fue y le contó a su señor: “La niña del país de Israel ha dicho esto y esto”.
El rey de Arám respondió: “Está bien, ve, y yo enviaré una carta al rey de Israel”. Naamán partió llevando consigo diez talentos de plata, seis mil siclos de oro y diez trajes de gala,
y presentó al rey de Israel la carta que decía: “Al mismo tiempo que te llega esta carta, te envío a Naamán, mi servidor, para que lo libres de su enfermedad”.
Apenas el rey de Israel leyó la carta, rasgó sus vestiduras y dijo: “¿Acaso yo soy Dios, capaz de hacer morir y vivir, para que este me mande librar a un hombre de su enfermedad? Fíjense bien y verán que él está buscando un pretexto contra mí”.
Cuando Eliseo, el hombre de Dios, oyó que el rey de Israel había rasgado sus vestiduras, mandó a decir al rey: “¿Por qué has rasgado tus vestiduras? Que él venga a mí y sabrá que hay un profeta en Israel”.
Naamán llegó entonces con sus caballos y su carruaje, y se detuvo a la puerta de la casa de Eliseo.
Eliseo mandó un mensajero para que le dijera: “Ve a bañarte siete veces en el Jordán; tu carne se restablecerá y quedarás limpio”.
Pero Naamán, muy irritado, se fue diciendo: “Yo me había imaginado que saldría él personalmente, se pondría de pie e invocaría el nombre del Señor, su Dios; luego pasaría su mano sobre la parte afectada y curaría al enfermo de la piel.
¿Acaso los ríos de Damasco, el Abaná y el Parpar, no valen más que todas las aguas de Israel? ¿No podía yo bañarme en ellos y quedar limpio?”. Y dando media vuelta, se fue muy enojado.
Pero sus servidores se acercaron para decirle: “Padre, si el profeta te hubiera mandado una cosa extraordinaria ¿no la habrías dicho? ¡Cuánto más si él te dice simplemente: Báñate y quedarás limpio!”.
Entonces bajó y se sumergió siete veces en el Jordán, conforme a la palabra del hombre de Dios; así su carne se volvió como la de un muchacho joven y quedó limpio.
Luego volvió con toda su comitiva adonde estaba el hombre de Dios. Al llegar, se presentó delante de él y le dijo: “Ahora reconozco que no hay Dios en toda la tierra, a no ser en Israel. Acepta, te lo ruego, un presente de tu servidor”.

Salmo 42(41),2-3.43(42),3-4.

Como la cierva sedienta
busca las corrientes de agua,
así mi alma suspira
por ti, mi Dios.

Mi alma tiene sed de Dios,
del Dios viviente:
¿Cuándo iré a contemplar
el rostro de Dios?

Envíame tu luz y tu verdad:
que ellas me encaminen
y me guíen a tu santa Montaña,
hasta el lugar donde habitas.

Y llegaré al altar de Dios,
el Dios que es la alegría de mi vida;
y te daré gracias con la cítara,
Señor, Dios mío.

Evangelio según San Lucas 4,24-30.

Cuando Jesús llegó a Nazaret, dijo a la multitud en la sinagoga: “Les aseguro que ningún profeta es bien recibido en su tierra.
Yo les aseguro que había muchas viudas en Israel en el tiempo de Elías, cuando durante tres años y seis meses no hubo lluvia del cielo y el hambre azotó a todo el país.
Sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una viuda de Sarepta, en el país de Sidón.
También había muchos leprosos en Israel, en el tiempo del profeta Eliseo, pero ninguno de ellos fue curado, sino Naamán, el sirio”.
Al oír estas palabras, todos los que estaban en la sinagoga se enfurecieron
y, levantándose, lo empujaron fuera de la ciudad, hasta un lugar escarpado de la colina sobre la que se levantaba la ciudad, con intención de despeñarlo.
Pero Jesús, pasando en medio de ellos, continuó su camino.
Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

Hoy se conmemora a Santa María Francisca de las 5 llagas, religiosa que recibió los estigmas

Cada 21 de marzo la Iglesia recuerda a Santa María Francisca de las Cinco Llagas, religiosa italiana que llevó en su propio cuerpo las heridas de Cristo: las de pies, manos y costado. Por esta razón, la tradición recuerda a esta santa evocando, desde el nombre, las llagas de Nuestro Señor. Hoy, varios siglos después de su muerte, sus restos permanecen incorruptos.

De humilde cuna

El nombre de pila de Santa María Francisca fue Anna María Gallo, una mujer nacida en Nápoles (Italia), hija de unos comerciantes que vivían en el antiguo barrio español de la ciudad, conocido por su precariedad. Dios le concedió a Maria Francisca el don de profecía, así como el de compartir los dolores de la Pasión y Muerte de Jesús. Los napolitanos le profesan una gran devoción y le atribuyen haber intercedido por ellos durante los bombardeos sufridos en la Segunda Guerra Mundial. Como signo de dicho favor, el barrio donde vivió permaneció intacto durante los ataques, a pesar de su fiereza.

Anna María Gallo nació el 6 de octubre de 1715. Empezó a trabajar desde muy niña, obligada por su padre quien poseía un taller de hilados y mercería; mientras tanto, su madre, una mujer muy piadosa, le leía libros sobre la fe cristiana y la llevaba a rezar a la iglesia de Santa Lucía de la Cruz. El párroco del lugar, admirado por su piedad y conocimiento del catecismo, le permitió que realice la Primera Comunión a los 8 años y que después de un año se convierta en catequista de niños.

Un padre violento

Al cumplir los 16 años, el padre de Maria Francisca decidió comprometerla en matrimonio con un joven rico, pero la joven se negó a aceptar el compromiso -le había prometido a Dios permanecer soltera y virgen para dedicarse a la vida espiritual y la salvación de las almas-.

El padre rechazó tal deseo y la castigó encerrándola en casa. Por si fuera poco, constantemente la maltrataba propinándole azotes y alimentándola con solo pan y agua. Aquellos días fueron durísimos para María Francisca, pero, al mismo tiempo, se fueron convirtiendo en ocasión de mayor cercanía con el corazón sufriente de Jesús, con el que compartía sus dolores. La mamá de María Francisca, por cuenta propia, logró que un sacerdote franciscano convenciera a su esposo de que las pretensiones de su hija no eran inmaduras y nacían de un corazón que amaba a Dios.

Terciaria

El 8 de septiembre de 1731 María Francisca recibió el hábito de la orden terciaria franciscana y, contra lo que podía esperarse, pidió que la dejaran vivir en la casa familiar como religiosa. En el hogar, la joven se ocupaba de los quehaceres domésticos y las tareas más sencillas. A través de ellas iba compenetrando cada vez más su alma con Dios, en el servicio y la oración, haciendo de lo sencillo una ofrenda de amor. María Francisca empezó a caer en éxtasis, absorta en la meditación de los dolores del Señor. Varias veces, absorta en el arrebato místico, la Virgen María se le apareció para darle consuelo y hacerle algunos pedidos espirituales.

Mística

Tras la muerte de su madre, la santa abandonó la casa familiar y se mudó al campo en compañía de otras terciarias. Allí permaneció los siguientes 38 años de su vida, hasta su muerte. Fue una vida dedicada a la oración, la penitencia y el sacrificio, de constante celo por rescatar almas del purgatorio y lograr la conversión de los pecadores. Es en esta etapa donde recibiría los estigmas de Cristo.

Santa María Francisca de las Cinco Llagas murió santamente el 6 de octubre de 1791. Fue declarada venerable por el Papa Pío VII el 18 de mayo de 1803; después beata por Gregorio XVI (12 de noviembre de 1843) y finalmente proclamada santa por el Papa Pío IX, el 29 de junio de 1867.

En 1901 fue declarada copatrona de la ciudad de Nápoles junto a San Genaro.

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