La primera mitad del siglo XIX la cría de ovinos había sido una actividad marginal en la provincia de Buenos Aires a comparación de lo que ocurría con la producción vacuna. Sin embargo para 1851, la lana ocupaba el 10,3% de las exportaciones de la provincia.
En los años subsiguientes se daría la llamada “fiebre del lanar” y harían que el crecimiento de esta actividad se volviera fundamental. Distintos factores como la Guerra de Crimea (1853-1856) y un mal ciclo económico en Estados Unidos hicieron que los precios internacionales de la lana se disparasen.
El principal destino de la lana bonaerense era el puerto de Amberes, en Bélgica. Esta ciudad se había convertido en uno de los centros textiles más importantes de Europa. Otros destinos de exportación fueron Inglaterra y Francia, que utilizaban la lana para los uniformes de sus soldados.
La producción de ovejas en Buenos Aires ayudó a poblar sectores del territorio que hasta el momento habían sido improductivos mientras la principal actividad de la región fueron los saladeros. Incluso permitió que ganaderos más modestos –inmigrantes vascos e irlandeses, pastores por excelencia- se introdujeran en una actividad hasta ese momento latifundista.
Con los años esta expansión se tradujo en más producción en la Patagonia, Corrientes y otras provincias con características propicias para los ovinos, especialmente para la raza merino. Para 1880 los saldos exportables de la provincia perdieron rentabilidad, y la agricultura comenzaba a tomar preeminencia junto con las exportaciones de carne vacuna enfriada. Las ovejas se instalaron al sur del Río Colorado.















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