El taller, moderado por la periodista Laura Rocha, contó con las exposiciones de Leandro Díaz (científico del Centro de Investigaciones del Mar y la Atmósfera – CIMA/CONICET/UBA), Natalia Gattinoni (licenciada en Ciencias de la Atmósfera del Instituto de Clima y Agua del INTA) y Matías Araujo (experto en planificación urbana e investigador de la Fundación Tejido Urbano).
¿Qué es exactamente El Niño y cuál es su alcance?
Leandro Díaz explicó que El Niño —parte de la Oscilación del Sur (ENOS)— consiste en un calentamiento anómalo de las aguas superficiales en el Océano Pacífico ecuatorial. Este cambio en la temperatura del océano altera la circulación de la atmósfera a nivel global, liberando enormes cantidades de energía y generando “centros de acción” que impactan directamente en las precipitaciones y temperaturas de regiones remotas como la Argentina.
Para el trimestre en curso y los meses venideros, los modelos climáticos señalan una alta probabilidad de un evento El Niño de intensidad fuerte. Sin embargo, Díaz remarcó un aspecto clave: los pronósticos trimestrales trabajan con probabilidades estadísticas, no con certezas absolutas ni con volúmenes exactos de lluvia. Si bien en el Noreste Argentino (NEA) y en sectores del Litoral suelen predominar las precipitaciones por encima de lo normal durante estos eventos, cada cuenca y subregión responde de manera diferente.
Del dato a la decisión agronómica
Por su parte, Natalia Gattinoni (INTA) hizo hincapié en la necesidad de contextualizar la información meteorológica para transformarla en herramientas de decisión en el lote. Un diagnóstico de “El Niño fuerte” no impacta de la misma manera en un campo del sur de la provincia de Buenos Aires que en uno del centro-norte de Entre Ríos, ni afecta por igual a un suelo con perfiles exhaustos que a uno con napa freática alta o drenaje limitado.
Gattinoni remarcó que las lluvias previstas deben evaluarse en función del estado inicial del suelo y de la cuenca. La mirada integral debe incluir no solo la cantidad de agua caída, sino la capacidad de absorción del terreno, el estado de las napas y la infraestructura vial rural. Además, destacó la importancia de seguir los pronósticos de corto plazo (las alertas meteorológicas diarias) para complementar la tendencia trimestral.
Vulnerabilidad territorial y caminos rurales
Desde la perspectiva del ordenamiento territorial, Matías Araujo aportó una mirada sobre la vulnerabilidad física y socioeconómica frente a los excesos hídricos. La falta de mantenimiento en la infraestructura básica, los valles de inundación ocupados o los caminos rurales deteriorados aumentan el riesgo de anegamiento ante precipitaciones intensas.
Araujo señaló que la resiliencia de una región productiva no depende únicamente de cuántos milímetros caigan, sino de la capacidad de respuesta previa: el conocimiento del territorio, la limpieza de canales, la previsión en las obras públicas y la articulación entre los municipios, las provincias y los productores.
Una oportunidad para la acción conjunta
Para quienes seguimos de cerca la realidad de nuestros campos e industrias en Entre Ríos y toda la región productiva, esta jornada dejó una enseñanza clara: el clima no puede gestionarse desde el pánico ni desde la sobreinformación, sino desde la anticipación y el análisis territorial.
El Niño representa una oportunidad de recuperación hídrica para muchas zonas agrícolas castigadas por la sequía, pero también exige un manejo prudente del riesgo hidrológico, la infraestructura y las decisiones de siembra. La articulación entre la investigación científica, la comunicación clara y el trabajo de los productores en el territorio será la clave para afrontar los próximos meses.
Por Rosario Perriere – Especial para Mundo Rural (desde Entre Ríos)















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