Historia de nuestra tierra

Arlt : “Aguafuertes fluviales de Paraná”

Hace unos meses y con motivo de mi cumpleaños unos queridos , Virginia y Lucas , estuvieron en casa cenando y me regalaron un libro , sin dudas que sería  muy especial por muchas razones y podría enumerarlas , la primera razón es porque había sido elegido especialmente  por mis amigos , además porque está relacionado con algo que me apasiona, nuestro maravilloso río y el lugar que me vio nacer ,  y  finalmente por la sorpresa que me generó enterarme que Roberto Arlt había escrito estas “Aguafuertes Fluviales de Paraná”.

Creo que , y me atrevo a asegurar , como muchos paranaenses desconocía  que en  la década de 1930 Arlt estuvo merodeando casi de incógnito por Paraná, visita que inspiró las “Aguafuertes Fluviales” que fueron publicadas en el diario “El Mundo” en 1933.

Hoy quiero compartir con los amigos de Mundo Rural , “Paraná, Tacita de Porcelana”, sin lugar a dudas que es una magnífica descripción de una Paraná desconocida para los más jóvenes y los no tanto , ahora los invito a disfrutarla .

“Vamos entrando hacia el puerto de la ciudad de Paraná.

Por la orilla al pie de monte de azufre, en un sendero sembrado de trozos de mármol, caminan dos chicos. Sus sombras se alargan en la desolación de la orilla caliza.

Aridez de tierra africana. Entre cascotes amarillos, una mancha verde. Contrafuertes, barbacanas naturales, torres de tierra almaranto, y luego montes como de azufres, terribles, ásperos, bajo un cielo inmutable de azul al ferroplusiato.

Cada veinte o treinta brazas, un rancho de techo de pajas y barro verdoso, luego soledad, asperezas. En la costa dura, centelleante bajo el sol, una mujer lava ropas, violetas, mientras la mira un perro negro.

El agua tiene férrea apariencia de hierro colorado. De pronto, de una altura de colina, se desprenden serpientes de cemento, zigzaguean, envuelven altas plazoletas, corren cuesta abajo hasta un poblado pescador, con casas de dos pisos color borra de vino, fachada lisa, ventana presidiaria, sin balcón, pantanos naturales; luego la costa dobla, aparecen más ranchos en los barrancales yermos, taperas cercadas de empalizadas blancuzcas color avellana, y aparecen botes tumbados, chatas de hierro de casco podrido, lanchones de madera destripados, sigo bordeando el buque y en el horizonte aparece la torre de hierro galvanizado del semáforo marino del Ministerio de Obras Públicas.

Globos metálicos señalan las brazas de calado que tiene el agua y el molinete apunta a la dirección del viento.

Tinglados, muros de piedra, muros de piedra, un dique, respaldando el dique un cerro con felpudo verde. Y henos aquí, en Paraná. Por una escalerilla de gato subimos al murallón, tropezamos con una plazoleta, donde juegan palomas, torcazas, luego otro monte, y no puedo menos que exclamar:

¡Parece un puerto abierto en el corazón de las sierras! Puerto de montaña. Eso. De litografía barberil. De cromo de la

“Ilustración española” o “La esfera”. Puerto quieto, con calles de asfalto. Entre el asfalto crece pasto. En las plazoletas, bendita de tranquila, el viento curva las ramas de los árboles y los árboles borrachos.

Gente amable.

Entro al correo, frente al puerto. Quiero certificar una carta, conteniendo notas para el diario. El empleado revisa la carta. Observa una punta desprendida y me dice:

-Hay que lacrarla.
-No tengo donde lacrarla.
-¿Lleva valores?
-No, no señor. Notas.
-La voy a lacrar yo.
-¿Cuánto es, señor?
– Nada.
-¡Oh!, usted es muy amable. Muchas gracias (¡Vaya a encontrar en Buenos Aires semejante prueba de gentileza!).

Salgo y sigo caminando encantado de esta amabilidad entrerriana que se pondrá más tarde de manifiesto en otras partes. Tomo una curva de granito. A un costado se encuentra un potrero baldío, profundo, en el fondo un rancho con mujeres achocolatadas. Al pié un cerro, verde de pinillos y paraísos y en el centro una escalera de piedras fracturadas. Subo y cuento los escalones; al llegar arriba respiro fuerte. He contado cincuenta y seis gradas.

Giro y mido:

Allá abajo el puerto se presenta como una gran hoz de acero brillante.

Frente a mí, la soledad de calles limpias, pavimentadas, desiertas, en pendientes, rectas que se tuercen, arboladas, cada piedra de la calzada, limpia como si la hubiera fregado deliberadamente.

Entro a la calle Victoria, que corre de norte a sur. Veredas de baldosas rojas, empinadas siniestramente hacia arriba.

La cierra una fachada amarilla. Frentes de casas lisos y antiguos. Frontis amarillos, verdosos, con ventanas monjiles y altas sobre los muros lisos. Puertas severas, sin molduras, rasgadas por el sol. Pintadas con sangre de toro. Gallinas que picotean la espantosa soledad del afirmado. Plaza Alvear, con caminos de mosaicos, canteros de pasto y orillas de geranios, con florecitas rojas. Pasan dos hermanas. Una de azul otra de verde. Me miran y comprenden que soy forastero. Les digo:

-“¡Viva Entre Ríos!”. Sonríen y desaparecen por una vereda soleada, de baldosas flojas. Sí, las baldosas de patio. De patio colonial.

Cruzo la plaza, un viejo chino y flaco hace filosofías de trabajos menestrales con un fotógrafo ambulante que se rasca los bolsillos del sobretodo vacío.

Miro las cinco sirenas coludas y robustas que soportan la doble taza de la fuente, llego a la otra esquina y afirmo para mi coleto:

Paraná, tacita de porcelana, es la ciudad más limpia del mundo. Y verán después que no me equivoco.“

La Editorial de la Universidad Nacional de Entre Ríos (Eduner) suma este libro a la colección Cuadernos de las Orillas; se trata de Aguafuertes fluviales de Paraná de Roberto Arlt. El volumen incluye tres textos sobre Paraná.

Rosario Perrière

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