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Austeridad

por Pedro Aguer 

La impresión general es que quienes detentan el poder del Estado, en cualquier nivel (municipal, provincial o nacional), salvo honrosas excepciones, manejan los dineros públicos con ligereza, empleándolo muchas veces para fines electorales. Es lo que se ha dado en llamar “clientelismo”.

Pero además que logran ganancias que engrosan su patrimonio personal.

Para ello es imprescindible la complicidad.

El enriquecimiento no se debe a los sueldos o dietas sino a artilugios.

Es también común observar el uso de privilegios como la utilización de vehículos para el traslado de familiares, el gasto de combustibles en ocupaciones particulares, manejo de informaciones que les permiten tener acceso a negocios del Estado, oportunidades para viajes, estadías gratuitas o que se pagan con fondos oficiales, aunque sean de exclusivo ámbito doméstico.

Estas conductas son justificadas de diversas maneras. Se recurre al concepto de que “roban, pero hacen”, “roban, pero reparten” y así se encuentran razones a la sinrazón. Pues debemos entender que “el fin jamás justifica los medios”.

El pueblo en su conjunto no dedica tiempo, pues no lo posee, para controlar y mucho menos para evitar estos hechos. Y los organismos de contralor parecieran no disponer de los resortes necesarios, mirando para otro lado, o negando toda culpabilidad ante lo irreparable.

Concluyendo, sería oportuno empezar a poner en funcionamiento en los partidos políticos cursos y talleres formadores de la conciencia ciudadana, enseñándose los beneficios de la democracia y de los valores republicanos. Que para ser político se debe ser prudente, respetuoso; que la política no es ocupación de oportunidad; que se trata de asumir esa tarea con vocación de servicio. Partiendo de la base de la igualdad, que enseñaba Artigas, “nadie más que nadie”; de la equidad, a cada cual lo que le corresponde; de la austeridad, no gastar más de lo estrictamente necesario. Salir del endeudamiento y no volver a endeudarnos, o en su defecto que sea en condiciones favorables para todo el conjunto de la comunidad. Incentivando a la juventud y a la sociedad a creer en la política como una misión para alcanzar el bienestar general, a no para ejercerla en beneficio personal. Esto último es y será siempre una mala praxis.

Cuando se administra la cosa pública se debe ser austero, cuidadoso y mucho más celoso que cuando se administra lo propio.

Sólo la participación promueve el progreso.

El crecimiento puede lograrse también con corrupción, pero el desarrollo social sólo se realiza con sustento moral. Mediante un compromiso revolucionario en función de las necesidades sentidas del pueblo.

Ciertamente esto no se logra de un día para otro, pero es posible, y lo será aún más cuando comprendamos que la violencia y todo cuanto se haga incorrectamente en la administración del Estado, no es positivo sino contraproducente. Que la austeridad es la mejor forma de cuidar y preservar la paz social mediante la solidaridad que es la forma más segura de la cultura del trabajo digno y de la seguridad. Se trata de una tarea educativa por excelencia.

Bueno es recordar la afirmación de Pitágoras: “Educad a los niños y no será necesario castigar a los hombres”.

Pedro Aguer

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