por Pedro Aguer
Desde 1844 rigen al cooperativismo en el mundo los llamados Principios Universales de la Cooperación. Los originales, establecidos por los Probos Pioneros de Rochdale, con el correr del tiempo sufrieron una adecuación que les hizo más práctico su cumplimiento, al mismo tiempo que se fue reafirmando su fundamentación filosófica.
Actualmente los enumeramos de la siguiente manera: Adhesión voluntaria y abierta, Gestión democrática, Participación económica de los asociados, Autonomía e independencia, Educación, formación e información, Cooperación entre cooperativas, e Interés por la comunidad.
Como se puede apreciar, los principios abarcan un panorama que tiene que ver con lo doctrinario y con lo económico de la gestión, lo que propone un contenido de carácter eminentemente social a las empresas en cuestión.
Éstas deben guardar una observancia estricta de los mismos, simultáneamente; pues si uno quedara rezagado u olvidado respecto de los otros, el debilitamiento de la marcha empresarial terminaría en un rotundo fracaso. Lo cual ha quedado muchas veces demostrado, a lo largo de la historia.
Es entonces imprescindible para asegurar el éxito que quienes decidan crear una cooperativa tomen debido conocimiento de las esencias doctrinarias y de la legislación vigente.
Es muy importante entender que si lo deciden debe ser por convicción, haciendo uso de la libertad, ya que nadie puede ni debe ser obligado a formar parte ni a fundar una cooperativa.
La participación será mediante la práctica de la democracia, teniendo que cumplir con las obligaciones y usufructuar de los correspondientes derechos, lo que está establecido con claridad en el Estatuto Social, en concordancia con la Ley Nacional 20.337 y demás normas nacionales y provinciales, en vigencia.
En una cooperativa se eligen, y se puede ser elegido, para ser parte de las autoridades de la misma, en igualdad total, pues el presidente no tiene doble voto en situación de empate en las asambleas.
La participación económica se debe operar equitativamente (a cada cual lo que le corresponde según lo aportado), sin que nadie sea más que nadie.
No vale el desenvolvimiento económico sino el ser como persona.
Las cooperativas son empresas solidarias autogestionarias, por lo tanto el Estado no puede ejercer sobre ella influencia ni discriminación, ya que su carácter privado se lo impide. Quedando como única perspectiva la acción de contralor establecida por las leyes correspondientes.
Ninguna cooperativa debe depender de otra.
Las cooperativas pueden interactuar ayudándose mutuamente, y formando organizaciones de segundo grado (federaciones, o de tercer grado (confederaciones), de esencialidad igualmente democrática, ya sean regionales en el interior del País, o internacionales. De hecho, el Movimiento Cooperativo forma parte de las Naciones Unidas, dentro de la Alianza Cooperativa Internacional (ACI). Esta es la institución que vela por el cumplimiento de los principios y por el desarrollo del cooperativismo a nivel mundial.
Para que una cooperativa no sufra adversidades internas o embates externos es menester que sus asociados reciban una formación educacional permanente; tanto en la parte administrativa, que debe ser transparente, como en la faz social. Si este principio se descuida, y ocurre (lamentablemente) con mucha frecuencia, la empresa sufrirá un inevitable debilitamiento.
Quienes son sus dueños, y el personal en relación de dependencia, necesitan estar aggiornados para que el funcionamiento sea eficiente y controlado, para prevenir cualquier error u omisión, que pueda perjudicarlo, afianzando de continuo la gestión.
Es bueno recordar siempre aquello de “el ojo del dueño engorda el ganado”. Los asociados, educados, formados e informados, sentirán una gran necesidad de participar en las asambleas, que es el ámbito adecuado para actuar, proponer, demandar, exigir en torno a lo que las cooperativas deben realizar de acuerdo con el objeto de su creación. Nadie más interesado que los propios asociados en la marcha de su institución, pero para poder ejercer eficazmente su rol deben recibir cursos de capacitación, de todo lo atinente a su marcha, que según lo expresado por Don José María Arizmendiarrieta, “en el cooperativismo, siempre un paso más”. Único camino seguro hacia el desarrollo económico y social, sustentable, de la empresa, de sus asociados y empleados, lo que sin duda estará ligado al de la comunidad, ya que la cooperativa no vive aislada, sino como lo establece el último de los principios, haciendo suyos los problemas de todo el conjunto en el que se desenvuelve.
Dejamos aclarado que una cooperativa es una sociedad de personas, no de capital, lo cual requiere una comprensión clara de quienes la integran, pues se trata de dos naturalezas jurídicas muy distintas. Deben saber que una empresa de otro carácter, incluso el Estado mismo, las puede integrar; pero jamás poner las decisiones democráticas de una cooperativa en subordinación a la mayoría de acciones capitalistas.
Todo esto requiere por parte de los asociados cooperativistas un conocimiento que les permita custodiarlas de cualquier desviación en este sentido. Decía Don José María que “Saber es poder” y que “para democratizar el poder es necesario socializar el saber”.
Cumpliendo estos postulados básicos serán siempre posibles los buenos resultados del accionar cooperativista, en beneficio de la red social en la que esté conten















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