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El Cooperativismo y la paz social

por Pedro Aguer para Mundo Rural

La paz es la sociedad humana en equilibrio de intereses en igualdad de posibilidades y equidad, administrada de tal modo que no existan privilegios ni miseria. Es un estado biológico-ecológico en la satisfacción de las necesidades con los recursos naturales y el trabajo, para un consumo racional con sentido conservacionista.

Al mismo tiempo la economía debe ocuparse de descubrir la escasez presente y futura de bienes y servicios que deben intercambiarse entre los hombres y los pueblos, en fraternal convivencia.

Los sistemas económicos han intentado resolver conflictos derivados de la escasez motivada por la explotación inadecuada de los recursos y por la explotación del hombre por el hombre.

El intento no ha sido suficiente y las caídas en desniveles acentúa las injusticias que surgen espontáneamente por ignorancia o inducidas voluntariamente, cuando el hombre es el lobo del hombre.

El sistema de la acumulación no deja ver con claridad los beneficios de la solidaridad y el de la concentración estatal no deja que el derecho de la libertad encuentre las posibilidades de que es capaz el hombre en el desarrollo de la creatividad.

Los conflictos por lo general generan violencia y la violencia es el alimento del crimen de la guerra.

Las injusticias destruyen la paz.

Lo importante entonces es buscar caminos superadores.

En esos caminos deben confluir simultáneamente la justicia social y la libertad.

Esa confluencia es posible mediante el desarrollo de la solidaridad organizada.

Desde tiempos inmemorables los seres humanos han encontrado en la aplicación del esfuerzo propio y el ejercicio de la ayuda mutua formas de garantizar la preservación de la especie.

Los sistemas de mercado libre o de concentración salidos de los carriles de la normalidad generan problemas y desde estos se liberan los elementos de la discordia. El individualismo se transforma en egoísmo. La ley pasa a manos del poder explotador.

Los ricos y los pobres forman clases antagónicas irreconciliables.

Y los gobiernos no logran establecer la paz que desea la mayoría de la humanidad.

La tecnología degeneró en tecnocracia y en lugar de la ciencia aprovechada en el bien común se derrocha en la satisfacción de intereses creados.

La recuperación de la solidaridad no basta sin una adecuada organización.

En 1844 para solucionar el problema de la injusticia producida por la desocupación masiva en el marco de la mal llamada revolución industrial, 28 obreros tejedores, en Rochdale, Inglaterra, decidieron experimentar de manera orgánica y con sentido doctrinario la creación de una modalidad cooperativa que se prolongara en el tiempo: El almacén de los probos y equitables pioneros, cuyo éxito les permitió atravesar el tiempo, ya que aún existe, y expandirse por el mundo, con la misma modalidad.

Esto ha sido posible por la inteligente ocurrencia de apuntalar la gestión de la empresa con los principios universales que rigen con plena vigencia el funcionamiento de cada cooperativa.

Así las cosas nos permitimos insistir en el especial cuidado que deben tener los gobiernos para que los principios se cumplan a raja tablas, empezando con el ejemplo de estos en la no irrupción de los mismos en la vida íntima de las empresas. Estas se desenvuelven autogestionariamente.

Nuestra Constitución Provincial, manteniendo el espíritu de su predecesora de 1933, tiene un artículo que establece la necesidad de fomentar y de preservar las organizaciones de este carácter.

Este reconocimiento podría hoy intensificarse impulsando el conocimiento de esta forma de administrar la economía y promoviendo en torno a ella las condiciones que fortalezcan de este modo la paz.

Esto es posible y por ello deberían también aplicar las leyes que están ahí esperando que con más seriedad se tome el tema y se enseñe el cooperativismo en todos los niveles de la educación. La ley que no se cumple en este aspecto revela el desinterés del gobierno en lo que debería ser la política al servicio del pueblo.

Abramos el debate, promovamos la solidaridad y sus formas orgánicas. Pongamos en marcha una política que contemple el estímulo de la producción y el trabajo sobre los caminos de la solidaridad.

La libertad y la democracia, en igualdad y equidad marcan la esencia del modelo cooperativo. Si trabajamos construyendo la cultura de la cooperación todo cuanto sea motivador de la violencia desaparece. Pero no se lo puede hacer sin la participación de la sociedad comprometiéndose en la construcción de la paz local y en relación con las comunidades aledañas, lo que será en creciente hacia las lejanas.

Sólo así la paz social será posible, porque como se ve claramente no sucede por generación espontánea.

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