por Pedro Aguer
Se ha escrito mucho sobre cooperativismo. Se ha legislado lo suficiente como para que las normas se cumplan y si se cumplieran habría una mejor perspectiva para el sector, claro está, bajo la filosofía rochdaleana.
Por consiguiente trataré de ser lo más práctico posible.
Si tomamos como parámetro la realidad tambera actual nos encontramos con el fenómeno económico de lo que bien podría considerarse una contradicción: existen menos tambos y se produce más leche.
Las explotaciones agrícolas han sobrepasado a las ganaderas.
Sobre esto se han expresado con rigor científico los especialistas en la materia y mi propósito no es hacer cálculos de carácter estadístico.
Creo sí oportuno plantear que la actividad láctea sigue siendo una de las de mayor futuro.
Se trata de una gran generadora de fuentes de trabajo, con la sola movilización de la familia rural, sin contar todo lo que a su alrededor se dinamiza económica y socialmente. De la que queda y de la que seguramente se irá agrandando con el correr del tiempo, siempre que nos dispongamos a tomar el tema con la seriedad que merece. Cuando hablamos de industria láctea nos referimos también a las caprina y ovina.
Estas dos últimas pueden realizarse en terrenos de menor superficie aunque con grandes posibilidades de desarrollo por tratarse de productos de consumo interno y de importante comercialización exterior. Ambas han tenido proyecciones como para que se hagan conocer por los organismos estatales encargados, como por ejemplo el INTA.
Es absolutamente viable el cooperativismo en cuanto a las organizaciones que están involucradas desde el punto de vista económico.
Se podría profundizar acerca de la creación de tambos cooperativos reuniendo siete o más productores de una zona delimitada.
La propuesta ofrece un gran ahorro de terreno, materiales de manejo, insumos, tinglados, maquinarias, alimentación, y una racionalización óptima de recursos humanos.
Los productores pueden continuar con las demás explotaciones si existen o crear otras en caso de necesidad o de posibilidades adecuadas a la rentabilidad que se desee.
El comienzo consiste en juntar los animales en una superficie dedicada exclusivamente a las tareas específicas del tambo.
Con un solo equipo de ordeñe se trabajarán los ganados del conjunto.
El tambo funcionará con los animales que se encuentren en período de lactancia. Organizándose otras unidades de trabajo para las crías y mantenimiento de las reposiciones.
De esta manera será posible establecer una economía de estricta funcionalidad administrativa, abarcando todos los aspectos inherentes a la explotación.
De la producción a la industria y de ésta a la comercialización.
Desde ya el manejo será con vistas a la mejora genética, a la optimización alimentaria y a la práctica de una higiene que responda a todos los requerimientos de salubridad.
Se ahorraría desde el comienzo:
Terreno, tinglados, corrales, tiempo. Se practicará un crecimiento de los planteles de manera dirigida con el uso de la inseminación artificial, como la compra del ganado que responda a las exigencias de la explotación.
Se podrá proceder a una tarea de proyección ecologista, asumida con conciencia colectiva.
Será más fácil la adquisición de reproductores mejoradores, incluyendo importación.
Las chacras de los productores tamberos podrán diversificarse en explotaciones agropecuarias no vinculadas al tambo y se podrán organizar pasturas adecuadas a los requerimientos del tambo central.
La industrialización podrá hacerse en el mismo lugar o trasladarse a las plantas industriales del mismo grupo cooperativo o pertenecer a otras organizaciones o personas. Esto dependerá del grado de desenvolvimiento logrado tanto en la formación cooperativista de los asociados como de la política del lugar.
Esta manera así simplemente planteada contará con asesoramiento permanente de las profesiones involucradas, y serán motivo de organización contable, lo que sería sumamente engorroso si se lo tuviese que abordar de manera individual.
Se podría producir en todos los predios con una sola organización para la siembra y la cosecha, con proveedurías para abaratar los costos.
El trabajo del tambo dejaría de ser sacrificado y contaría para los dueños como para el personal con los días feriados del almanaque y vacaciones.
Estamos frente a situaciones cada vez más difíciles para poder seguir produciendo en el campo.
El cooperativismo del que tanto se habla y tanto se lo distorsiona, es una manera de enfrentar las dificultades con inteligencia, racionalidad y con una proyección económica predecible y sustentable.
La forma cooperativa de organización es una herramienta de características muy beneficiosas si se la encara con responsabilidad y fidelidad a los principios universales de la cooperación y se cumple con su normativa.
Si se llevara adelante una política de estado en tal sentido, promoviendo una movilización en torno a lo aquí desarrollado, seguramente se podría avanzar en la ruralidad con pasos firmes, fomentando actividades de inclusión social, el éxodo rural dejaría de ser una preocupación y una amenaza, pues quedarse a trabajar la tierra o sumarse a ello, sería una buena alternativa.
Por cierto, lo que proponemos no es de hoy para mañana, pero si empezáramos a ocuparnos…
Pedro Aguer















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