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En Hernandarias : Un pontón con mucha historia

El muelle flotante de Villa Hernandarias es testigo del pasado en el que desde el puerto partían y llegaban mercaderías y contingentes de personas.

Hoy, rescatado , irrumpe las costas frecuentadas por pescadores que aguardan allí un buen pique.

Situado río adentro, aparece como un sitio fascinante desde donde admirar el esplendor de las aguas en el curso más profundo y torrentoso. Se trata de un pontón de madera y hormigón armado sobre el que se apoyan dos plataformas: una se utiliza como mirador y muelle de pesca, y la otra  fue alguna vez un restaurante  , actualmente funciona allí un salón de reuniones de la Municipalidad.

Origen del pontón

El pontón , de origen holandés, se trajo a Hernandarias en 1925. Se utilizó como embarcadero flotante cuando el río era el mayor nexo comercial. Allí paraban los barcos que iban desde Buenos Aires a Asunción. Y en las bodegas del embarcador se depositaba y almacenaba mercadería, mayormente cereales. Con la llegada del ferrocarril se dio prioridad al traslado por tierra de los productos y lentamente, como en el resto de los puertos, fue decayendo su actividad.

Desde 1971 el lugar comenzó a funcionar como restaurante, e incluso algunos años como boliche bailable en la parte superior del flotante. Por períodos ha estado inactivo, ya que durante los meses de invierno la actividad es poco rentable.

En una oportunidad empleados municipales pintaron el casco del flotante y las aberturas y repusieron los techos de la galería, destruidos durante una tormenta.

El mellizo de Helvecia

Este pontón es  mellizo de uno que estaba en Helvecia (Santa Fe) y que se hundió en 2004. Ambos funcionaban hace muchos años como aduanas del río, controlando el comercio y los barcos que pasaban por aguas del Paraná. En la localidad de Helvecia, a orillas del río San Javier, en 2009 la Municipalidad de esa ciudad inició las gestiones para reflotar la embarcación y recuperar así un emblema ciudadano.

Hace casi 100 años …

Se dice que cuando aún estas tierras la habitaban pueblos del gran grupo chaná-timbú, nada menos que Hernando Arias de Saavedra, gobernador del Río de la Plata en los comienzos del siglo XVII, hizo pie en estas costas e introdujo ganado que rápidamente pobló los campos mesopotámicos.

Desde entonces y por varios siglos, el Paraná fue una segura vía de comunicación entre los puertos del litoral, con un tráfico fluvial que floreció a comienzos del siglo XX, impulsando la actividad de numerosos pueblos costeros.

Uno de ellos, Villa Hernandarias, recuerda con su nombre al gobernador colonial y su historia se narra en el museo local Dr. Emilio Villarroel.

Hernandarias ,su historia 

Con acceso desde la Ruta Nacional 12, ya sea desde el sur por la Ruta Provincial 8, o desde el este por la ruta A03, este pequeño pueblo de plaza frondosa se asoma al Paraná, recostado sobre sus extensas playas y ofreciendo sus aguas para la pesca deportiva, que ya sea embarcado o desde su costa barrancosa, suele ser generosa en número y tamaño, así como en variedad. Dorados, surubíes, armados, patíes, bogas y sábalos se incluyen en las capturas habituales.

El pueblo nació en las últimas décadas del siglo XIX con la colonización de sus campos cercanos, y la diversidad actual de sus templos refleja los variados orígenes de sus primeros pobladores. Desde aquellos tiempos lejanos, el paisaje local vio surgir extrañas estructuras y edificaciones, asociadas a la explotación de las ricas canteras cercanas para la elaboración posterior de yeso, actividad que llegó a ser absolutamente relevante en la economía regional.

También entonces el intenso intercambio por vía fluvial motivó en 1925 la construcción de un pintoresco pontón de madera y hormigón, utilizado como muelle flotante y convertido con el tiempo en restaurante en donde se saborean los deliciosos platos del río y en uno de los puntos favoritos de los pescadores.

El camino costero que desde el centro de Hernandarias se dirige hacia el Norte permite a poco de andar acercarse a los vestigios de una yesería abandonada, y asomarse a una antigua casona rural de mediados del siglo XIX, conocida como “la casa de la palmera”.

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