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Solidaridad

por Pedro Aguer 

La armonía en la convivencia social no es espontánea. Implica una toma de conciencia de los problemas comunitarios y una disposición para encontrar las soluciones que los mismos demanden.

Es imprescindible coordinar la acción de la que deben interesarse las ONG, con la participación del Estado Municipal.

Aquí arranca la participación. Sin participación no hay solidaridad posible.

La solidaridad no es otra cosa que la ayuda mutua desde lo que puede aportar cada uno, cada vecino, con generosidad, con todo el altruismo que pueda ser posible.

Un rol de trascendente significación lo cumple la escuela en concordancia con las actividades de carácter religioso. La escuela estatal y las privadas necesitan funcionar mancomunadamente como centros convocantes de los padres de los alumnos.

Se trata en esencia de un proceso educacional amplia e intensamente compartido.

Los centros de salud, la comisaría, todo lo que es inherente a lo que llamamos centro cívico y también el centro comercial.

Nada es ajeno de lo que sucede en la comunidad.

Los problemas de inseguridad, los de salud, los de educación, no se producen aisladamente. Corresponden a una integración que lamentablemente está en las consecuencias sin ser encarados con actitud y decisión preventiva.

La primera medida para solucionar un problema se toma al conocerlo. Luego hay que analizarlo y después recurrir a los recursos existentes en lo inmediato para avanzar en la búsqueda de recursos mediatos para, una vez encontrada la solución, cerrar filas en la prevención.

El error generalizado está en las políticas emergentes que se proyectan en definitivas. También en propuestas desde los escritorios de los funcionarios, por lo general divorciadas de las necesidades reales y sentidas del barrio.

Cuántas veces se dejan de solucionar problemas de fácil tratamiento por realizar obras innecesarias.

Se debería proyectar una política integral, sin dejar de promover propuestas elementales de rápida resolución.

Los vecinos son poco escuchados, porque se teme que pidan más de lo que se puede hacer. Pero peor es hacer lo que no hace falta.

El vecindario jamás pediría lo que no corresponde si supiera con qué se cuenta para la gestión, y tiene una inteligencia colectiva que es sumamente dúctil para encontrar vías de acción que muchas veces no se aprecian desde las cápsulas gubernamentales. El bario maneja con extrema claridad lo que es el sentido común.

La solidaridad le ha permitido a la especie humana sobrevivir a los embates de las adversidades y a la depredación de especies más poderosas en el uso de la fuerza y la violencia en medio de la naturaleza.

Es hoy más que nunca, imperdonable que no se recurra a ella aprovechando las capacidades que el hombre ha desarrollado a lo largo de la historia.

Así como hemos logrado un extraordinario desarrollo de las ciencias y la técnica, como de las artes, hemos retrocedido en la comprensión de la voluntad que se necesita para crear las condiciones de una vida armónica entre los individuos y los pueblosn y de estos con el medio ambiente.

A esto lo sabemos, pero nos encontramos con que la e política está ocupada en los acomodos personales más que en lo atinente a su verdadera función que es poner en movilización la parte de la solidaridad comunitaria y presupuestar desde ella los planes de gobierno.

Sin dudas, esta forma tan sencilla de entender las cosas nos llevará siempre a buen puerto.

La educación, la salud y la democracia participativa sostenidas por la solidaridad es difícil que no se puedan realizar. Esto no cuesta nada, puesta en marcha nos hará ahorrar, porque disminuirán la inseguridad, la corrupción y la mediocridad, lo que pareciera no interesar a quienes se dedican a la política en este tiempo.

 

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