En este II Domingo del Tiempo Ordinario, la Palabra de Dios nos vuelve a poner en el centro de la fe cristiana: Jesús, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, revelado y anunciado a través del testimonio.
Evangelio según San Juan (Jn 1, 29-34)
Al día siguiente, Juan vio acercarse a Jesús y dijo:
«Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.
A él me refería cuando dije: “Después de mí viene un hombre que me precede, porque existía antes que yo”.
Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua para que él fuera manifestado a Israel».
Y Juan dio este testimonio:
«He visto al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y permanecer sobre él.
Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo:
“Aquel sobre el que veas descender el Espíritu y permanecer sobre él, ese es el que bautiza en el Espíritu Santo”.
Yo lo he visto y doy testimonio de que él es el Hijo de Dios».
(Texto tomado de “El Libro del Pueblo de Dios”)
Reflexión
El Evangelio de hoy nos presenta a Juan el Bautista cumpliendo fielmente su misión: señalar a Jesús y dar testimonio de quién es. Juan no se pone en el centro; su palabra y su vida apuntan a Cristo, el Hijo de Dios, aquel sobre quien permanece el Espíritu.
Esta actitud ilumina el camino de todo cristiano. Tal como nos recuerda el profeta Isaías, Dios nos llama desde el inicio de nuestra vida y nos confía una misión que va más allá de nosotros mismos: ser luz para otros. El Salmo 40 expresa la respuesta confiada del creyente: «Aquí estoy», dispuesto a hacer la voluntad de Dios. Y San Pablo nos recuerda que todos hemos sido llamados a la santidad, en la vida concreta de cada día.
En su mensaje para este domingo, el Padre Alfredo Nicola nos invita a vivir este tiempo con actitud misionera:
“Dar testimonio, como el Bautista, de quién es Jesús es la actividad diaria de todo discípulo. El tiempo especial que hemos comenzado es una ocasión propicia para sembrar, ante cada oportunidad, de lo que Dios nos ha pedido: den testimonio de quién es el que vale la pena seguir.”
El Tiempo Ordinario es el tiempo de lo cotidiano, donde la fe se hace visible en gestos simples, palabras sinceras y actitudes coherentes. Allí, en lo diario, estamos llamados a mostrar con la vida a Aquel que vale la pena seguir.
¡Amén y adelante!
P. Alfredo Nicola
Argentina














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