Se le acercaron unos saduceos, que son los que niegan la resurrección, y le propusieron este caso:
“Maestro, Moisés nos ha ordenado lo siguiente: ‘Si alguien está casado y muere sin tener hijos, que su hermano, para darle descendencia, se case con la viuda’.
Ahora bien, había siete hermanos. El primero se casó y murió sin tener hijos.
El segundo se casó con la viuda y también murió sin tener hijos; lo mismo ocurrió con el tercero; y así ninguno de los siete dejó descendencia. Después de todos ellos, murió la mujer.
Cuando resuciten los muertos, ¿de quién será esposa, ya que los siete la tuvieron por mujer?”.
Jesús les dijo: “¿No será que ustedes están equivocados por no comprender las Escrituras ni el poder de Dios?
Cuando resuciten los muertos, ni los hombres ni las mujeres se casarán, sino que serán como ángeles en el cielo.
Y con respecto a la resurrección de los muertos, ¿no han leído en el Libro de Moisés, en el pasaje de la zarza, lo que
Dios le dijo: Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob?
El no es un Dios de muertos, sino de vivientes. Ustedes están en un grave error”.
Amén y ¡ adelante !
Hoy es fiesta de San Marcelino Champagnat, fundador de los Hermanos Maristas
“Todo en honor de Jesús, pero por medio de María. Todo por María, para llevar hacia Jesús”, decía San Marcelino Champagnat, fundador de los Hermanos Maristas, cuya fiesta se celebra cada 6 de junio.
San Marcelino nació en 1789 en una familia francesa y muy cristiana que pasó dificultades con la revolución. Su madre lo consagró a la Virgen y su tía le leía la vida de los santos.
Creció sin asistir a la escuela, pero se formó con lecturas caseras en el amor por la fe. En su infancia aprendió el oficio de albañil y su habilidad en los negocios para la venta de corderillos le ayudó a ahorrar para costearse después sus estudios.
Más adelante ingresó a un seminario menor cerca de su pueblo. Aunque encontró dificultad para aprender las materias, a tal punto que casi fue echado del lugar, su buena conducta y el apoyo de buenos amigos le permitieron continuar.
Uno de sus compañeros, incluso con más problemas en el estudio, fue el futuro San Juan María Vianney, también conocido como el Santo Cura de Ars.
San Marcelino fue ordenado sacerdote en 1816. Lo enviaron como vicario de un sacerdote anciano en un pueblo donde la gente desperdiciaba su tiempo en borracheras y fiestas; pero el santo animó tanto a los jóvenes a aprender las cosas de Dios, que los muchachos llegaban antes de las seis de la mañana a la iglesia para la catequesis.
En una de sus visitas al Santuario Mariano de la Fourviere, San Marcelino recibió la inspiración de fundar una congregación religiosa dedicada a enseñar catecismo. En aquel entonces se encontró con un joven enfermo carente de preparación en la fe. Lo ayudó a morir en paz y buscó compañeros para comenzar la obra educativa.
El 2 de enero de 1817 se dio inicio a la nueva comunidad de Hermanos Maristas, a quienes el santo instruyó con mucha dedicación, enviándolos a diversas parroquias como maestros de religión y catequistas, mientras llegaban nuevos aspirantes.
Dentro del método que se empleaba en la formación estaban la caridad, el canto y la participación activa de los alumnos. Estaba rotundamente prohibido el trato humillante y los castigos físicos y deprimentes. Otra esencia de la pedagogía era el amor a María.
“Nuestra Comunidad pertenece por completo a Nuestra Señora la Madre de Dios. Nuestras actividades deben estar dirigidas a hacerla amar, estimar y glorificar. Inculquemos su devoción a nuestros jóvenes, y así los llevaremos más fácilmente hacia Jesucristo”, decía San Marcelino a sus religiosos.
El fundador de los Hermanos Maristas partió a la Casa del Padre el 6 de junio de 1840 con tan sólo 51 años de edad, después de padecer una gastritis aguda por mucho tiempo y un cáncer al estómago que le ocasionó la muerte. Su obra educativa se ha expandido en muchos países.
Fue canonizado en 1999 por San Juan Pablo II, quien enfatizó que “San Marcelino anunció el Evangelio con un corazón ardiente. Mostró sensibilidad a las necesidades espirituales y educativas de su época, especialmente a la ignorancia religiosa y al abandono que experimentaba particularmente la juventud”.














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